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¡Por fin! El libro Visión de los vencidos: estudio y transcripción de las Memorias de Juan Bautista Tupac Amaru está disponible en PDF.




Extractos de Ameland (El naufragio de la luz) en inglés / Excerpt of Ameland in English.  El escritor y traductor Peter Robertson ha iniciado la traducción al inglés de El naufragio de la luz. Dos extractos han sido publicado en the International literary quarterly. Extracto 1. Extracto 2


Defensa de la filosofía

En el contexto del anuncio del Ministerio de Educación de eliminar la filosofía de la enseñanza secundaria, una carta sarcástica y pública enviada a la Ministra, en el diario La Tercera, 31 de agosto 2016:

Obedecer y producir. Buenas razones para eliminar la filosofía


neira - Cuentos
Cuentos

Cuentos (3)

Hernán Neira

Primera parte del cuento finalista del Premio Juan Rulfo, París, 1990 y publicado en la colección de cuentos A golpes de hacha y fuego, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1995. Este cuento se convirtió en el primer capítulo de la novela El naufragio de la luz, que en 2003 recibió el premio Las Dos Orillas de Novela, dado por cinco editoriales europeas. La novela fue publicada en España por Ediciones B, Portugal,, Grecia,, Francia e Italia. Recientemente el escritor y traductor Peter Robertson (quien ha trauducido a Borges, Rosalía de Castro y Jorge Edwards, entre otros autores) ha iniciado una traducción al inglés. Extracto.

La novela El naufragio de la luz da un vuelco a la conclusión del cuento, introduciendo un tono íntimo, casi lírico, en la que el personaje principal cuenta cómo conoció a Mareika y cómo se formó la isla.

Extracts in English:Excerpt 1 ,
Información sobre la novela y el autor: www.neira.cl

 Ameland (El naufragio de la luz)

Extracto

    Recuerdo que era niño, muy niño, cuando me llamó mi padre y me dijo:

    - ¡Si te embarcas te corto una pierna!

    Su voz era clara y grave, y yo, que no le llegaba a la cintura, tuve miedo.

    Luchó para conseguirme un puesto en tierra y para trasmitirme el odio que le tenía él al mar, el mismo que le tenían al océano sus hermanos y toda su familia, pescadores porque en los campos ya no había qué comer. Me prohibió navegar y, cuando hablaba de pesca, sólo contaba tormentas, ahogos, granizos, huesos adoloridos y manos congeladas por un oficio que apenas permitía subsistir. Muchas veces, cuando la familia se reunía en torno al fogón, le oía repetir las más terribles amenazas.

    No, no fui pescador ni tampoco campesino. Se produjo un hecho que vino en ayuda de mi padre, aunque jamás sabré si en la mía. El gobierno dictó una ley: enseñanza gratuita y obligatoria para todos. Meses después, el mismo día que me iba a embarcar por primera vez para contribuir a alimentar a mi familia, vino un policía, me sacó a tirones de un bote y me llevó a la escuela. Mi padre guardó un silencio severo y mi madre lloraba, pero comprendieron que por primera vez alguien en la familia escaparía al destino del mar, es decir al del hambre. Ni mi padre ni mi madre sabían lo que era la escuela, nunca se habían sentado en un pupitre. Me sentía extraño. Era el único de los niños de la bahía que había dejado la pesca; los demás, con la complicidad de sus padres, se habían escondido en cuanto aparecieron los policías. No sé lo que me enseñó la escuela, sólo sé que mi padre me azotaba para que aprendiera a leer, a sumar y a restar. A veces, cuando se enfurecía, volvía esgrimir las amenazas de antaño, no para impedir embarques, sino para que estudiara:

    - Cuidado, soy capaz de romperte los huesos -dijo una vez que olvidé hacer las tareas.

    Pasé esos años, dos o tres, sin comprender con qué finalidad debía oír al maestro; en mi medio no conocíamos a nadie que hubiera ido a la escuela y me sirviera de ejemplo. Esas eran cosas de la capital o del puerto y yo nunca había salido de una bahía lejana y perdida. A una edad en que los jóvenes dominaban redes, cabos y embarcaciones, a una edad en que ya se sentaban al caño y gobernaban las naves bajo la mirada de sus padres, había aprendido a leer, pero me mareaba de sólo subir a un velero.

Friday, 12 June 2015 15:27

Cuentos

Written by
2013
2012
  • La chica. The International Literary Quarterly. New York 2012.
 
 
2004
  • Mortaja de zinc. En el volumen Cuentos contables, libro colectivo. Editorial Alfaguara, Santiago de Chile, 2001. ISBN: 956239135-3. Reeditado por Revista Literastur, Gijón, Año 3, número 6, 2004.
 
 
1994
  • A golpes de hacha y fuego, volumen de cuentos, Editorial Andres Bello, Santiago de Chile, 1995. Contiene: Ameland,Fastnet, Mis fotos con Claudia Ripamonti, La noche más apacible, A golpes de hacha y fuego.
1989
1987
  • El nuevo Eróstrato , revista VENTANAL, Département d'études hispaniques, Université de Perpignan, N° 13, Perpignan, Francia. (Versión corregida de publicación de cuentos premiados por la Dirección de Asuntos Estudiantiles, Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile)
1985
  • Los viajes del Argonauta, volumen de cuentos, Editorial Mar del Plata, Santiago de Chile 1985. Contiene: Prólogo, La maldición, Argonauta y paraíso, Siete seducciones y una decisión, El dolor del argonauta, El asedio inútil, El secreto arte de los pájaros, Ojos de ciervo, El rostro en velo, La misión de los sectarios, Un viaje al más allá, La venganza del inca, El regreso.
  • Argonauta y paraíso, cuento en Revista PAULA, Santiago, Chile.
  • Ojos de Ciervo , cuento en revista PAULA, Santiago, Chile
1984
  • Mis fotos con Claudia Ripamonti , cuento en Revista PAULA, Santiago, Chile.
1981
  • El Nuevo Eróstrato, publicación de cuentos premiados por la Dirección de asuntos estudiantiles, Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.
Friday, 12 June 2015 15:27

Mortaja de zinc (El ingeniero)

Mortaja de zinc (El ingenierio)

Publicado en Cuentos contables, libro que reunió a los 15 escritores finalistas y al ganador del Premio Banco de Santiago, 2000.

Editorial Alfaguara, Santiago de Chile, 2001. ISBN: 956239135-3

© HN y Alfaguara. Autorización de reproducción: solicitarla a Contacto

En homenaje a Enrique Kirberg, ex rector de la Universidad de Santiago de Chile 

El ingeniero confirmó las cifras que le acababa de dar y con un gesto dio a entender que estaba bien, que la desviación del trazado era correcta. La tarde anterior los hombres, que cavaban con palas, picas y chuzos, habían dado con una roca inesperada y no habían podido seguir haciendo los hoyos donde se debía colocar los postes, hermosos postes de alerce rojizo y estriado. En Santiago y en otras ciudades bastaba con hundirlos metro y medio para que resistieran los terremotos, las sacudidas, las inclemencias meteorológicas y el peso de los cables. En la isla, en cambio, el ingeniero había insistido en que debían quedar al menos dos metros bajo el nivel del suelo porque el viento era incluso más fuerte que en Tierra del Fuego. El celo profesional del ingeniero no fue bien recibido por los trabajadores y hubo quejas, tantas que decidió revisar las medidas. Sin decir nada se alejó de las obras, se refugió en el galpón donde se guardaban los materiales, rehizo los cálculos y regresó diciéndonos que los dos metros eran correctos porque en la parte superior el viento producía un empuje lateral (esa fue la palabra técnica que utilizó) que podía llegar a varios cientos de kilos, lo que requería una larga base bajo tierra para ser contrarrestado.

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