• Sl 02
  • Sl 03
  • Sl 04
  • Sl 05
  • Sl 07

Ameland en inglés / Extract of Ameland in English
Ameland
(El naufragio de la luz) en inglés.  El escritor y traductor Peter Robertson ha iniciado la traducción al inglés de El naufragio de la luz. Un extracto ha sido publicado en la sección The power of prose del International literary quarterly. 

 

 


¿Outsider o insider?

 

“Un pequeño viaje. Un pequeño gran seminario en la UBA organizado por Enrique del Percio. Medio día de paseo, de ver las callecitas de Buenos Aires, de llevarme no pocos libros de las librerías, de caminar-caminar-caminar, de encontrarme con algunos amigos y colegas argentinos, de tomarme un café con Peter Robertson, editor de esta gran revista que es ILQ. Me siento cómodo en esta ciudad, donde soy extranjero. Quizás me sienta cómodo en esta situación de ser de fuera, pero con la familiaridad de una lengua común. Para mí, que soy algo outsider en mi país -chileno nacido y formado fuera de Chile-, escritor y filósofo, que en los tiempos actuales es duplicar la situación de outsider, ese estar a adentro y afuera es la mejor manera de ser un insider.”


En el blog de la revista International Literary Quarterly, diciembre 2016


Defensa de la filosofía

En el contexto del anuncio del Ministerio de Educación de eliminar la filosofía de la enseñanza secundaria, una carta sarcástica y pública enviada a la Ministra, en el diario La Tercera, 31 de agosto 2016:

Obedecer y producir. Buenas razones para eliminar la filosofía


neira - Cuentos
Cuentos

Cuentos (5)

Written by

Hernán Neira

Primera parte del cuento finalista del Premio Juan Rulfo, París, 1990 y publicado en la colección de cuentos A golpes de hacha y fuego, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1995. Este cuento se convirtió en el primer capítulo de la novela El naufragio de la luz, que en 2003 recibió el premio Las Dos Orillas de Novela, dado por cinco editoriales europeas. La novela fue publicada en España por Ediciones B, Portugal,, Grecia,, Francia e Italia. Recientemente el escritor y traductor Peter Robertson (quien ha trauducido a Borges, Rosalía de Castro y Jorge Edwards, entre otros autores) ha iniciado una traducción al inglés. Extracto.

La novela El naufragio de la luz da un vuelco a la conclusión del cuento, introduciendo un tono íntimo, casi lírico, en la que el personaje principal cuenta cómo conoció a Mareika y cómo se formó la isla.

Información sobre la novela y el autor: www.neira.cl

 

 Ameland (El naufragio de la luz)

Extracto

    Recuerdo que era niño, muy niño, cuando me llamó mi padre y me dijo:

    - ¡Si te embarcas te corto una pierna!

    Su voz era clara y grave, y yo, que no le llegaba a la cintura, tuve miedo.

    Luchó para conseguirme un puesto en tierra y para trasmitirme el odio que le tenía él al mar, el mismo que le tenían al océano sus hermanos y toda su familia, pescadores porque en los campos ya no había qué comer. Me prohibió navegar y, cuando hablaba de pesca, sólo contaba tormentas, ahogos, granizos, huesos adoloridos y manos congeladas por un oficio que apenas permitía subsistir. Muchas veces, cuando la familia se reunía en torno al fogón, le oía repetir las más terribles amenazas.

    No, no fui pescador ni tampoco campesino. Se produjo un hecho que vino en ayuda de mi padre, aunque jamás sabré si en la mía. El gobierno dictó una ley: enseñanza gratuita y obligatoria para todos. Meses después, el mismo día que me iba a embarcar por primera vez para contribuir a alimentar a mi familia, vino un policía, me sacó a tirones de un bote y me llevó a la escuela. Mi padre guardó un silencio severo y mi madre lloraba, pero comprendieron que por primera vez alguien en la familia escaparía al destino del mar, es decir al del hambre. Ni mi padre ni mi madre sabían lo que era la escuela, nunca se habían sentado en un pupitre. Me sentía extraño. Era el único de los niños de la bahía que había dejado la pesca; los demás, con la complicidad de sus padres, se habían escondido en cuanto aparecieron los policías. No sé lo que me enseñó la escuela, sólo sé que mi padre me azotaba para que aprendiera a leer, a sumar y a restar. A veces, cuando se enfurecía, volvía esgrimir las amenazas de antaño, no para impedir embarques, sino para que estudiara:

    - Cuidado, soy capaz de romperte los huesos -dijo una vez que olvidé hacer las tareas.

    Pasé esos años, dos o tres, sin comprender con qué finalidad debía oír al maestro; en mi medio no conocíamos a nadie que hubiera ido a la escuela y me sirviera de ejemplo. Esas eran cosas de la capital o del puerto y yo nunca había salido de una bahía lejana y perdida. A una edad en que los jóvenes dominaban redes, cabos y embarcaciones, a una edad en que ya se sentaban al caño y gobernaban las naves bajo la mirada de sus padres, había aprendido a leer, pero me mareaba de sólo subir a un velero.

Thursday, 18 June 2015 02:01

Una visita anhelada

Una visita anhelada

Publicado por primera vez en Revista Ecos de España y Latinoamérica, mayo 2008, Alemania.

© HN y Spotlight Verlag

¿Quiere dejar un comentario? ¡Pinche aquí!

Autorización de reproducción: solicitarla a Contacto

Estaba nerviosa, me temblaba el pulso, mi corazón latía de prisa y tenía las manos frías. Eran las once de la noche y todo acababa de ocurrir. Me senté y respiré hondo. Afuera no se oía ni los ruidos del amanecer. En mis adentros me dije:

- Por fortuna fui firme; por fortuna se fue; por fortuna estoy sola.

Si hubiera tenido que decirlo en voz alta, no me hubiera salido el aliento.

El dormitorio, todavía desordenado, tenía muestras claras de lo que había sucedido. También el comedor: en la mesa había dos platos, dos copas y dos de todo. Hasta podía saber lo que habían cenado aquella mujer y mi marido. Apenas la vi cuando salió corriendo en medio del griterío, de los insultos, los míos y los de ella.

No podía permanecer allí y fui a la otra pieza, a la que iba a ocupar el bebé. Miré sus paredes blancas, las que íbamos a pintar en cuanto tuviéramos la confirmación, pasé la mano por los muros y salí todavía más triste de lo que había entrado. Caminé hacia el pasillo hasta llegar al escritorio: allí estaban los libros de mi marido, y arriba, cada vez más difíciles de alcanzar, mis Emily Brontë, mis Virginia Woolf, mis Simone de Beauvoir. Entonces me di cuenta de cómo mi espacio había ido disminuyendo en los anaqueles, de lo difícil que se me había vuelto ser yo misma, de lo culpable que me había sentido por no poder engendrar un hijo, por no ser como todas las mujeres.

Friday, 12 June 2015 15:27

Cuentos

Written by
2013
2012
  • La chica. The International Literary Quarterly. New York 2012.
2008
  • Una visita anhelada. Revista ECOS DE ESPAÑA Y LATINOAMÉRICA, Spotlight Verlag, 82144 Planegg, mayo 200.
2004
  • Mortaja de zinc. En el volumen Cuentos contables, libro colectivo. Editorial Alfaguara, Santiago de Chile, 2001. ISBN: 956239135-3. Reeditado por Revista Literastur, Gijón, Año 3, número 6, 2004.
1997
  • De profesión embaucador. Revista ECOS DE ESPAÑA Y LATINOAMÉRICA, Spotlight Verlag, 82144 Planneg, marzo 1997.
1994
  • A golpes de hacha y fuego, volumen de cuentos, Editorial Andres Bello, Santiago de Chile, 1995. Contiene: Ameland,Fastnet, Mis fotos con Claudia Ripamonti, La noche más apacible, A golpes de hacha y fuego.
1989
1987
  • El nuevo Eróstrato , revista VENTANAL, Département d'études hispaniques, Université de Perpignan, N° 13, Perpignan, Francia. (Versión corregida de publicación de cuentos premiados por la Dirección de Asuntos Estudiantiles, Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile)
1985
  • Los viajes del Argonauta, volumen de cuentos, Editorial Mar del Plata, Santiago de Chile 1985. Contiene: Prólogo, La maldición, Argonauta y paraíso, Siete seducciones y una decisión, El dolor del argonauta, El asedio inútil, El secreto arte de los pájaros, Ojos de ciervo, El rostro en velo, La misión de los sectarios, Un viaje al más allá, La venganza del inca, El regreso.
  • Argonauta y paraíso, cuento en Revista PAULA, Santiago, Chile.
  • Ojos de Ciervo , cuento en revista PAULA, Santiago, Chile
1984
  • Mis fotos con Claudia Ripamonti , cuento en Revista PAULA, Santiago, Chile.
1981
  • El Nuevo Eróstrato, publicación de cuentos premiados por la Dirección de asuntos estudiantiles, Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.
Friday, 12 June 2015 15:27

Mortaja de zinc (El ingeniero)

Mortaja de zinc (El ingenierio)

Publicado en Cuentos contables, libro que reunió a los 15 escritores finalistas y al ganador del Premio Banco de Santiago, 2000.

Editorial Alfaguara, Santiago de Chile, 2001. ISBN: 956239135-3

© HN y Alfaguara. Autorización de reproducción: solicitarla a Contacto

En homenaje a Enrique Kirberg, ex rector de la Universidad de Santiago de Chile 

El ingeniero confirmó las cifras que le acababa de dar y con un gesto dio a entender que estaba bien, que la desviación del trazado era correcta. La tarde anterior los hombres, que cavaban con palas, picas y chuzos, habían dado con una roca inesperada y no habían podido seguir haciendo los hoyos donde se debía colocar los postes, hermosos postes de alerce rojizo y estriado. En Santiago y en otras ciudades bastaba con hundirlos metro y medio para que resistieran los terremotos, las sacudidas, las inclemencias meteorológicas y el peso de los cables. En la isla, en cambio, el ingeniero había insistido en que debían quedar al menos dos metros bajo el nivel del suelo porque el viento era incluso más fuerte que en Tierra del Fuego. El celo profesional del ingeniero no fue bien recibido por los trabajadores y hubo quejas, tantas que decidió revisar las medidas. Sin decir nada se alejó de las obras, se refugió en el galpón donde se guardaban los materiales, rehizo los cálculos y regresó diciéndonos que los dos metros eran correctos porque en la parte superior el viento producía un empuje lateral (esa fue la palabra técnica que utilizó) que podía llegar a varios cientos de kilos, lo que requería una larga base bajo tierra para ser contrarrestado.

Friday, 12 June 2015 15:26

Una visita anhelada

Written by

Una visita anhelada

Publicado por primera vez en

Revista Ecos de España y Latinoamérica, mayo 2008, Alemania

© HN y Spotlight Verlag

¿Quiere dejar un comentario? ¡Pinche aquí!

Autorización de reproducción: solicitarla a Contacto

 

Estaba nerviosa, me temblaba el pulso, mi corazón latía de prisa y tenía las manos frías. Eran las once de la noche y todo acababa de ocurrir. Me senté y respiré hondo. Afuera no se oía ni los ruidos del amanecer. En mis adentros me dije:

- Por fortuna fui firme; por fortuna se fue; por fortuna estoy sola.

Si hubiera tenido que decirlo en voz alta, no me hubiera salido el aliento.

El dormitorio, todavía desordenado, tenía muestras claras de lo que había sucedido. También el comedor: en la mesa había dos platos, dos copas y dos de todo. Hasta podía saber lo que habían cenado aquella mujer y mi marido. Apenas la vi cuando salió corriendo en medio del griterío, de los insultos, los míos y los de ella.

No podía permanecer allí y fui a la otra pieza, a la que iba a ocupar el bebé. Miré sus paredes blancas, las que íbamos a pintar en cuanto tuviéramos la confirmación, pasé la mano por los muros y salí todavía más triste de lo que había entrado. Caminé hacia el pasillo hasta llegar al escritorio: allí estaban los libros de mi marido, y arriba, cada vez más difíciles de alcanzar, mis Emily Brontë, mis Virginia Woolf, mis Simone de Beauvoir. Entonces me di cuenta de cómo mi espacio había ido disminuyendo en los anaqueles, de lo difícil que se me había vuelto ser yo misma, de lo culpable que me había sentido por no poder engendrar un hijo, por no ser como todas las mujeres.

No podían seguir las concesiones para compensar lo que yo misma había llegado a considerar mi defecto, todo tenía que tener un fin: lo que acababa de suceder jamás se lo podría aceptar. Solemne, suave y segura le dije a mi marido:

- Déjame sola.

No intentó dar explicaciones, caminó con paso tranquilo y salió del apartamento. En mi tristeza quedé satisfecha, pero también angustiada. Había dicho y hecho exactamente lo que debía, pero no faltaban ni doce horas para el último trámite: la visita que nos iban a hacer, en nuestra calidad dematrimonio que quiere adoptar un niño, en nuestra propia casa, la sicóloga y la asistente social del Servicio Nacional de Menores. Se me hizo un nudo en la garganta y me sentí incapaz de pensar.

Necesitaba reposo, no había dormido, y ya ni siquiera podía acostarme en mi propia cama, en mi propia habitación. De momento, no podía hacer nada. Me tomé un diazepán, le di dos vueltas a la cerradura, me dirigí al escritorio común, llevé unos cojines del sofá, busqué una almohada en el armario, improvisé una cama en la alfombra, me saqué los zapatos, el suéter y me solté el sostén: estaba demasiado cansada para sacármelo. Me acosté, apoyé la cabeza y allí, contemplando mis libros en lo alto, lentamente me dejé vencer por el calmante.

 

Al día siguiente, sobre la una de la tarde, sonó el timbre y me desperté.

- Seguro que es él -me dije. Me molestó que mi marido no tuviera vergüenza, que no hubiera aguantado afuera ni un día, que regresara tan pronto y siguiera insistiendo: ¿no le había bastado con la escena de la madrugada cuando lo pillé con otra mujer, no podía esperar?

Estaba quebrada y era lo último que hubiera deseado hacer, pero la adopción estaba en juego y no tenía más remedio que abrirle. Me dirigí hacia la puerta sin hacer ruido, para que no se diera cuenta de que me acercaba. Mientras tanto, mi cabeza se ahogaba en interrogantes: ¿cuántas veces se habrían visto él y ella, desde cuándo?

Una suma de coincidencias habían hecho posible mi descubrimiento;por fortuna, supongo, porque las verdades hay que conocerlas, aunque duelan. Me había ido el lunes por la mañana a Valdivia y había previsto volver a Santiago el miércoles. Una arquitecta amiga quería que le ayudara con un proyecto. El croquis, la orientación y la ubicación eran buenas, mejor dicho, excelentes. El senador Valdés se iba a hacer una casa en Valdivia, en un terreno al que sólo se llega en lancha, al lado mismo de la ciudad. Un bonito trabajo… que ahora no me importaba en lo más mínimo.

En Valdivia, decidí regresar el martes por la noche, y no el miércoles por la mañana, justamente para estar más relajada y pasar exitosamente el último trámite de la adopción. Me apresuré para concluir el trabajo y corrí para alcanzar el vuelo de la tarde. Llegué a último momento, pero me subí al avión. Mi celular estaba sin pilas, y no llamé a mi esposo. Ya era de noche cuando llegué al departamento. Metí la llave en la chapa, la giré y abrí… ¡El muy desgraciado de mi marido! ¡Y ahora qué manera de insistir!

–¡Eres una mieeeerda!– le grite al oír el timbre una vez más, con una rabia que jamás creí que podría sentir. Entonces, me acordé de lo que nos habían preguntado en el Servicio Nacional de Menores: que cuándo nos habíamos conocido, cómo, en qué trabajábamos, qué hacíamos los fines de semana, cuáles eran nuestras aficiones, por qué queríamos adoptar, qué opinaban nuestras familias: todo. ¡Y pensar que parecíamos tan unidos, que nos había ido tan bien, que estábamos entre los primeros en la lista de adopciones y que mi infertilidad nos había favorecido tanto!

En el vestíbulo, mientras afuera seguía sonando el timbre, las imágenes de la noche anterior se precipitaron como una cascada en mi cerebro, como si las arrastrara el agua y me aplastaran con su peso y velocidad. Una pesadumbre mucho más intensa que la de la víspera se apoderó de mí: me costaba tenerme en pie, me faltaban fuerzas. No pude contenerme, me puse a llorar, en cuclillas, con los ojos cerrados. Sentí que mi vida había perdido sentido, que lo mismo daba abrir o no abrir y, sin pensar en las consecuencias, le grité:

–¿No te basta con lo de ayer? ¡No me tortures! ¡Quiero estar sola, no insistas, no vuelvas nunca, por favor, no vuelvas, nunca!–

Afuera no respondió nadie y el timbre dejó de sonar. El silencio me desesperó todavía más. Me sentía humillada. La cascada de imágenes se había convertido en la viva impresión de que desde arriba alguien me estaba dando palos. Lo sentía como un castigo injusto, nada le había hecho a mi marido, ni a nadie, para recibir ese trato. Hundí la cara entre las rodillas y me cubrí la cabeza con las manos, con el deseo de que viniera un hada y transformara, mágicamente, los golpes en caricias, y que me dijera que despertara, que todo había sido una pesadilla. Al final, ni siquiera me podía tener en cuclillas y, sin dejar de protegerme la cabeza, caí al suelo y me quedé ovillada al pie del umbral, en una esquina, como hacen los insectos domésticos cuando se les va a matar. Durante un largo rato, tal vez horas, me sentí muerta.

 

Poco a poco la angustia fue cediendo. Entonces, ya por la tarde, el timbre volvió a sonar, pero esta vez fue más corto; no era mi marido. Oí una voz en el exterior. Yo seguía en el suelo. Me arrastré hasta el umbral y puse el oído en la madera: se escuchaba a una mujer, pero no se oía a su interlocutor. Por un momento temí que fuera ella, la amante de mi esposo, pero la conversación parecía formal. Sentí vergüenza; tal vez alguna vecina había escuchado mis gritos y venía con el conserje a ver qué pasaba. La vergüenza y la curiosidad me fueron haciendo recobrar las fuerzas, me apoyé en el picaporte y me levanté hasta alcanzar el ojo mágico. No había mucha luz en el pasillo, pero era posible distinguir a una mujer que me parecía haber visto antes.

Miré la hora: las cuatro y media. Me di cuenta de que me había dormido y al mismo tiempo recordé de dónde la conocía: del Servicio Nacional del Menores. Se me deben haber dilatado las venas y las pupilas, porque sentí calor y tuve claridad total sobre una cosa, una sola, porque el resto era confusión: aún quería adoptar.

Dejé de ser una muerta, me recompuse como pude y abrí:

- ¿Se siente bien? –preguntó una de las funcionarias al verme.

- Disculpe. Tuve una jaqueca, pero ya estoy bien.

Hubo un instante de incertidumbre en el que ni ella ni yo supimos qué hacer. Sentía como si me hubiera pasado una aplanadora por encima, pero dejarla ir hubiera sido muy mala señal. Al final, me sobrepuse y agregué:

- Adelante, adelante, conozcan el departamento.

Ignoro quién y a qué hora había tocado el timbre las primeras veces. Ahora que ha pasado el tiempo, he llegado a la convicción de que no fue mi marido, e ignoro también si él habría estado esperando abajo a las funcionarias del Servicio para subir justo después, ya que no habían pasado cinco minutos desde que ellas entraron cuando él golpeó a la puerta. Abrí mecánicamente, sin pensar que pudiera ser mi esposo. Fue más que una sorpresa, pero también me sentí aliviada.

- ¿Llegaron? –preguntó suavemente.

Lo miré con el rostro más grave y escudriñador con que haya mirado a alguien en mi vida. Hubo un silencio durante el que seguí sin quitarle la vista.

–¿Me dejas pasar?– agregó mi esposo, humilde.

La verdad es que nunca le respondí, pero tuve una sangre fría que jamás había tenido. No era el momento de discutir. Para lograr mi objetivo, era necesario mantener la ficción del matrimonio feliz. Me di media vuelta y regresé sin cerrar. Mientras iba por el pasillo, pude oír sus pasos detrás de mí.

Me siguió el juego. Tuvimos la entrevista con las funcionarias, que no se dieron cuenta de nada. Después, a él le dije que lo perdonaba.

Pero no. Tras la adopción, inicié los trámites de divorcio y obtuve la custodia.