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Ameland en inglés / Extract of Ameland in English
Ameland
(El naufragio de la luz) en inglés.  El escritor y traductor Peter Robertson ha iniciado la traducción al inglés de El naufragio de la luz. Un extracto ha sido publicado en la sección The power of prose del International literary quarterly. 

 

 


¿Outsider o insider?

 

“Un pequeño viaje. Un pequeño gran seminario en la UBA organizado por Enrique del Percio. Medio día de paseo, de ver las callecitas de Buenos Aires, de llevarme no pocos libros de las librerías, de caminar-caminar-caminar, de encontrarme con algunos amigos y colegas argentinos, de tomarme un café con Peter Robertson, editor de esta gran revista que es ILQ. Me siento cómodo en esta ciudad, donde soy extranjero. Quizás me sienta cómodo en esta situación de ser de fuera, pero con la familiaridad de una lengua común. Para mí, que soy algo outsider en mi país -chileno nacido y formado fuera de Chile-, escritor y filósofo, que en los tiempos actuales es duplicar la situación de outsider, ese estar a adentro y afuera es la mejor manera de ser un insider.”


En el blog de la revista International Literary Quarterly, diciembre 2016


Defensa de la filosofía

En el contexto del anuncio del Ministerio de Educación de eliminar la filosofía de la enseñanza secundaria, una carta sarcástica y pública enviada a la Ministra, en el diario La Tercera, 31 de agosto 2016:

Obedecer y producir. Buenas razones para eliminar la filosofía


neira - Libros
Libros

Libros (19)

Thursday, 10 September 2015 14:56

Οι Ναυαγοί

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Oi navayoi

Friday, 12 June 2015 15:52

La ciudad y las palabras

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laciudad_laspalabrasEditorial Universitaria, Santiago, 2004.

Neira vuelve al ensayo, género que conoce bien, ahora con un libro en que aborda debates intectuales de hoy.

La manipulación de las masas, el suspenso como medio para mantener el interés en una película, la relación entre ciencia y ecología, la infelicidad urbana y por último, la idiotez; multitud de temas aparentemente inconexos pero hilados en La ciudad y las palabras por una trama que consiste en una mirada filosófica sobre el lenguaje, el poder y la cultura contemporánea. Estos escritos -llamémosles escritos- no conocen el centro. Van y vienen, pero conducen a renovar la reflexión sobre la cultura contemporánea y a ver lazos tal vez impensados entre ideas filosóficas y tendencias de pensamiento actual. Son, pues, escritos de un navegante o de un nómada intelectual; para leerlos sólo se requiere libertad de espíritu y osadía para embarcarse.

Leer extracto del capítulo 8 La urbe como espacio infeliz

Leer extracto del capítulo 2 La encuesta de opinión como método para destruir la opinión pública

Friday, 12 June 2015 15:51

Visión de los vencidos

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vision_vencidosEl libro se compone de dos partes. La primera, es un estudio titulado El espejo del olvido, donde se plantea una discusión general sobre la llamada “visión de los vencidos” y sobre el sentido de la Ilustración en América, ligando la historia colonial con una polémica contemporánea de filosofía de la historia, teoría política y teoría de la dominación.

La segunda parte es una transcripción de las Memorias de Juan Baustista Tupac Amaru, que constituye uno de los textos más apasionantes producidos en América. Esta transcripción reproduce la versión más cercana al manuscrito, hoy perdido.  En este texto se concentran las energías emocionales, políticas y militares de un indígena, opuestas al poder virreinal, pero no sólo eso, sino que también expresa, con una doble voz, los aciertos y desaciertos de la Ilustración europea en el Nuevo Mundo. Se trata de un texto que dice mucho más que el sentido directo de las palabras que lo componen e incluso más de lo que su propio autor pretendía, situándose en el momento crítico del contacto entre el derrumbe del Antiguo Régimen y el surgimiento de mundo moderno en América, el conjunto cruzado por revindaciones indígenas. 

Editorial Sello Universidad de Santiago de Chile. Santiago de Chile, 2009.  80 p. ISBN 978956303071-6. Información y compra: http://www.editorial.usach.cl/content/visión-de-los-vencidos

Teléfonos: (56 -2 27180080) ó (56-2) 27180079

 

Friday, 12 June 2015 15:50

El naufragio de la luz

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Una agobiante comunidad de isleños se opone a los empeños de un guardafaros y de Mareika, su joven pareja, por escapar al destino. Confrontados a crímenes que no son suyos, pero que los agobian, los enamorados ven amenazados sus instintos elementales de vida y de muerte.

Ir a extracto de la novelaelnaufragiodelaluz


Esta novela, traducida al portugués, francés, italiano y griego, ganó el premio Las Dos Orillas, dado por cinco editoriales europeas con motivo del Salón Internacional del Libro de Gijón. En venta sólo en librerías españolas y por internet:.

Presentada oficialmente en Chile: el 13 de noviembre 2004, durante la Feria del Libro de Santiago. 

Comprar: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

Librería Ulises

José Victorino Lastarria 70

Santiago

(Metro Universidad Católica - Mapa )

 

Friday, 12 June 2015 15:47

El sueño inconcluso

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elsuenoinconclusoNovela, Ed. Planeta, Santiago, 1999.
Una obra en la que desfilan multitud de personajes, pasiones, amores, encuentros y desencuentros, unidos por casi cinco siglos de historia. En un ambiente dominado por lluvias y vientos se superponen razas, intereses y visiones de mundo, de tal forma que, a veces, el sueño de uno se convierte en la pesadilla de otro. Con un estilo impresionista, una especial habilidad retratar épocas y personas, y una prosa que, como ya es habitual en Neira, no da respiro al lector, destaca en la nueva novela chilena.

Agotado en librerías. Una copia en PDF puede ser adquiridad escribiendo a: Contacto

Ir a extracto de El sueño inconcluso.

Friday, 12 June 2015 15:47

Del amor por doña Inés

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Del amor por doña Inés [1], extracto del libro El espejo del olvido.
Dolmen Ediciones, Santiago de Chile, 1997.

 Dice el cronista que tras diez años de marcha y sufrimiento, de los diez mil indios que partieron río abajo por el Amazonas con Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana, solo se salvaron trescientos [2]. No cuenta cuántos españoles fueron tragados por el río o por la selva, pero sin duda también fueron centenares, ni tampoco cuenta que el mismo Orellana moriría en un segundo intento, en 1545, cuando se propuso la misma conquista, sólo que yendo río arriba, desde el Atlántico hacia la Cordillera de los Andes. La idea de Ursúa de descubrir, conquistar y someter las tierras de El Dorado, aquellas cuyo rey se bañaba todos los días en oro, río abajo y no río arriba, parecía mucho más lógica que el segundo intento de Orellana, en la medida que pueda llamarse lógica la pretensión de buscar El Dorado. La expedición Ursúa cumple con todas las condiciones de ciertas expediciones organizadas por los españoles en América, mezcla de un orden burocrático, jerárquico y centralizado, que viene desde España, y del afán de algunos grupos de hombres por enriquecerse con urgencia y a cualquier precio. La expedición de Ursúa es buen ejemplo de lo que puede y produce el poder metropolitano cuando sus representantes se dispersan por las infinitas tierras de América, degradándose tanto el espíritu como la organización estatal misma. De esta sólo se mantiene la forma, tanto más rinbombante y exagerada cuanto desprovista de todo contenido. A mayor dispersión, más sitio para la iniciativa individual, pero siempre, o casi siempre, como veremos, en nombre del rey. Y aun más, porque ya no es la iniciativa de un hombre en sus cabales y ligado a sus semejantes por lazos afectivos, culturales y políticos, sino de un tipo de hombre que algunos ni siquiera consideran humano: el desesperado.

A fines de 1558, el Marqués de Cañete, virrey del Perú, encomendó a Pedro de Ursúa una empresa tan desmesurada, tan goyesca, tan surgida, no del sueño, sino de la pesadilla de la razón, como fuera la conquista de El Dorado. Ni el marqués ni Ursúa estaban exentos de sospechas, que en cierta medida se confirmarán durante la expedición. Se había dicho que el Marqués de Cañete, al saberse relevado del puesto, se preparaba para levantar el virreynato del Perú y que Ursúa era su hombre de confianza. La muerte del nuevo virrey, ocurrida en Sevilla poco antes de embarcarse, aplacó la rebelión sin necesidad de guerras. El marqués conservó su puesto, pero quienes soñaban con un Perú bajo sus propias manos no olvidaron sus sueños. La escasez de oro en la metrópoli y la imposibilidad en que se hallaba la corona de sufragar los gastos de la conquista, hizo que fuese financiada por los dineros que localmente podía recaudarse. Los reyes españoles se encontraban en la paradoja de aumentar sus tierras mediante la delegación de poderes. Además, muchos conquistadores se habían enrolado para no morir de hambre en España. Por eso, era imposible pensar en una empresa de conquista que no hubiese solucionado, previamente, su financiamiento autónomo, lo cual acentuaba el sentimiento de independencia y aumentaba la intensidad con que se vivía el hecho de hallarse expatriado. De ahí la ambigüedad de la empresa de El Dorado: el marqués quiere conquistar, no el oro, sino la fuente del oro, porque era eso lo que El Dorado representaba. ¿Pero, con qué finalidad? Quienquiera poseyera un poco de oro poseía el requisito que la corona exigía para concederle el derecho a emprender nuevas conquista y administrar más tierras. Pero poseer la fuente del oro es poseer la fuente de toda conquista y de todo derecho, es estar en condiciones de pagar un ejército capaz de afrontar las escuálidas tropas reales en América; quienquiera conquistara El Dorado se volvería tan poderoso que prácticamente se sustraería al dominio de la corona.

La idea de partir en busca de reinos quiméricos no era nueva en América; el destino de Ursúa no carece de paralelismos con el de Ponce de León. Ambos se sitúan en lo más alto de la jerarquía y poseen riquezas y gloria, sobre todo Ponce quien, tras haber oído una leyenda indígena, abandonó sus tierras en la fértil isla de Puerto Rico   en búsqueda de un sueño, que era el de la fuente de la juventud. El desafortunado no encontró más que escollos y corrientes que, cuando por fin le permitieron desembarcar, en lugar de hacerlo en tierra firme, lo hizo en pantanos. Había descubierto La Florida, pero apenas gozó de su descubrimiento: pocos días más tarde una flecha de los seminoles acabó con sus sueños al dormirlo para siempre. En 1558, ya nadie cree que América sea un paraíso o que se encuentre en ella la fuente de la juventud, y es quizás por eso mismo que se aviva la leyenda y la esperanza de El Dorado. Pobre substituto es la riqueza frente a la juventud, pero Ursúa, con poco más de treinta años se interesa, en esa época de su vida, más por el dinero que por la vejez que en su brillante y rápida carrera todavía no teme venir. Acepta, pues, Ursúa, la empresa que le propone el Marqués de Cañete y, provisto con los fondos de este, recorre el Perú buscando y a veces robando los capitales para la empresa. Con el mismo propósito, se ve obligado a reclutar, más por necesidad que por descuido, a aventureros, a delincuentes que huían de la justicia y a un buen número de indios que lleva como bestias de carga o como guías. Porque no todos creían en la empresa, ni en Lima ni en la sierra, ni tampoco en la selva: entre los nativos nadie puede indicar, con certeza, dónde se haya el rey que se baña todos los días en oro.

En Julio de 1559 parte Ursúa con 250 blancos, 350 indios y unos trescientos caballos, pero muy pronto ha de detenerse. De los once navíos y numerosas balsas sólo pocos resisten las aguas del Amazonas. Unos mal hechos, otros podridos, encallados o atrapados en remolinos de los que no podrán salir durante horas, durante días, son abandonados en el río, que entonces llamaban Marañón y, con ellos, casi todos los caballos y buena parte de las provisiones. En Septiembre se detienen y, con los restos de las embarcaciones, construyen tres chatas y dos bergantines. En uno de ellos viaja un personaje muy particular y no ajeno al desastre final. En la popa, contra el parecer de todos, Ursúa ha embarcado a Doña Inés de Atienza, “moza y muy hermosa” [3], una chola al perecer de gran belleza de quien el Gobernador no se alejará. No es la única mujer, Lope de Aguirre lleva a su hija, apenas adolescente, y van otras mujeres, ya para hacer tareas domésticas, ya para servir a doña Inés. En cuanto a los restantes navíos, las maderas, al ir absorbiendo el agua, navegaban cada día más hundidas y poco a poco los sitios donde los hombres podían hallarse secos y relativamente seguros se vuelven escasos. Relativamente, porque si bien hay indios amigos, a otros jamás les ven el rostro y de ellos sólo perciben, a lo lejos, las canoas, o reciben las flechas que, desde los bosques, atraviesan el aire silbando hasta detenerse en el pecho o en el coselete metálico que sólo a algunos de los españoles el calor permitía soportar. Relativamente, porque tal vez el principal peligro no provenga de los indios, sino del interior, y no del interior físico, no de la debilidad militar, sino de la falta de convicción en la viavilidad de la empresa.

Hay quienes comienzan a desconfiar y no sin razón. Hacia Navidad de 1559, comprueban que los “indios brasiles de los que por este río salieron a Pirú, según se había dicho, habían dado falsa relación y mentían en toda la noticia que nos habían dado” [4]. En el campamento el aire se enrarece, se vuelve pesado, más aún cuando Ursúa nombra cargos, en especial a un vicario al que otorga derecho para excomulgar a quienes conservasen, sin orden, instrumentos o armas útiles para la guerra o para hacer balsas. Hay, entre los mercenarios algunos letrados que murmuran que el gobernador carece de autoridad para otorgar tales prorrogativas y que por lo tanto son nulas. Hay muchos descontentos, unos por la suerte que les ha asignado el gobernador en la empresa, otros por simple cansancio o voluntad de desertar volviendo al Perú. Alonso de Montoya es descubierto tratando de huir en una canoa y el gobernador le echa grillos. Débil castigo de una desobediencia que, multiplicada, podía poner en peligro el éxito de la expedición. La debilidad del jefe embravece los ánimos de los más osados y exalta a los pusilámines. Lentamente, lo que en principio era simple descontento, malhumor por la dureza de la jornada y lo invisible del premio, se transforma en odio. Pero no son sólo las dificultades de la navegación lo que ofusca los ánimos. Allí, en medio de río, hay quienes desean, más que una fuga, tomar el poder. ¿De qué? De la expedición, es decir de El Dorado, es decir del Perú, porque del Perú se extrae más riquezas de las que produce España entera. Ursúa comienza a ser detestado, quizás por la mayoría. Sin embargo, el gobernador no tiene ojos ni para sus hombres ni para la selva, y descuida e ignora lo que se está tramando:

“Y decían [de Pedro de Ursúa] que [..] Doña Inés, su amiga [..] le había hecho en alguna manera que mudase la condición, y que le había hechizado, porque de muy afable y conversable que solía ser con todos, se había vuelto algo grave y desabrido, y enemigo de toda conversación, y comía solo, cosa que nunca había hecho, y no convidaba a nadie; habíase hecho amigo de la soledad, y aún alojábase siempre solo y apartado lo más que podía de la conversación del campo, y junto a sí la dicha Doña Inés, solo, y a fin, según parescía, de que nadie le estorbase sus amores; y embebecido por ellos, parescía que las cosas de guerra y descubrimiento las tenía olvidadas” [5].

A tres meses de la partida, Ursúa, capitán de experiencia, habituado a tratar con aventureros como lo fueron casi todos los conquistadores, descuida o comienza a descuidar, más que las artes militares, el gobierno de sus hombres, con los que se muestra inhábil, tardío y débil. Por segunda vez se descubre que algunos soldados planean fugarse al Perú. Si ya se había mostrado débil, ante el mismo crimen, con Alonso de Montoya, esta vez lo es todavía más, pero agrega, a su debilidad, una humillación que los criminales no podrán soportar. En lugar de castigarles con la horca ‑como todos pensaban que lo merecían‑, Ursúa los pone a remar el bergantín de…doña Inés. La afrenta no podía ser mayor. Soñaban con apoderarse de tierras y fundar reinos. Partieron para transformarse en príncipes y poseer esclavos: helos aquí convertidos en galerianos, peor aún, en pajes. Insoportable; hubiesen preferido la muerte, decían, y no tardan en hablar con Fernando de Guzmán. En efecto, el criado de éste había sido castigado con grillos por motivos que el cronista calla, lo que ofendía tanto más a su señor que a la víctima. Al señor, porque en la mentalidad feudal, nadie sino el señor puede castigar a su súbditos, y además, ¿qué es un señor sin su criado, qué es un príncipe o alguien que se cree príncipe sin sus huestes, sin sus súbditos? Castigando al criado de Guzmán sin consultar a este último, Ursúa pone en cuestión el orden jerárquico en el que se basa la poca autoridad que le queda.

Para mejor comprender lo que sucede es indispensable situar a esos 250 blancos, servidos por 350 indios y negros, encerrados, la mayoría de ellos, en estrechísimas balsas en las que navegan junto a caballos, puercos, gallinas y perros. El gobernador y su amada navegan en un bergantín, apenas menos precario que las balsas, aislados en la popa donde han construido una cámara, aislada por una estera de cáñamo, y puesto un colchón. La expedición avanza a la velocidad del río, que cada vez se vuelve más lento. El tiempo parece haberse detenido, los días son iguales, monótonos y no hay cortes que permitan escapar, aunque sea momentáneamente, del agobio: allí, en el corazón de América, el transcurso de las cosas ha adquirido una densidad y una pesadez particulares [6]. Si no fuera por el fraile y por el escribano, hubieran perdido toda noción del calendario. A veces se detienen los domingos, para Pascua o para Navidad, pero sus fiestas carecen de sentido al no encontrar eco alguno en los alrededores. La religión es apenas una ayuda, todos creen en Dios, pero nadie confía en él. Constantemente tensos, el más mínimo roce se convierte en en la más grave de las afrentas: hay que medir gestos y palabras: todo menos descansar [7]. El aire es pesado, irrespirable, la humedad vuelve todo pegajoso, las picaduras de insectos se infectan y es imposible bañarse a causa de las pirañas y lagartos. No hay ninguna distracción que no sea la crítica o burla de los amores del gobernador o la de soñar, no de noche, porque casi nadie puede dormir, sino despiertos. Sueñan, despiertos, con oro, pero encuentran pirañas, sueñan con Tenochtitlán y sólo ven, no más de una vez por semana, algunas chozas casi siempre abandonadas. Poco o nadan tenían antes de dejar el Perú, pero existía una esperanza. Ahora, en cambio, habiéndola perdido, se sienten en el infierno y saben que la única forma de salir, si es que algún día lo hacen, es continuar en él. El gobernador, por mientras, está ocupado, y a veces nadie se atreve a interrumpir sus amoríos, ni siquiera para avisarle que se está tramando una traición. Un esclavo, un negro llamado Juan,

“entendió el día que le mataron [a Ursúa] el trato que su amo y los demás con él traían para lo matar [al gobernador], y aquella tarde, casi noche, un poco antes que vinieran a efectuar su traición, fue a avisar al Gobernador de ello, y halló a Pedro de Ursúa que estaba con Doña Inés, y no le pudo hablar” [8].

Ursúa no veía, ni oía, Ursúa estaba en otro mundo, en el Nuevo Mundo, y había olvidado quiénes eran y de dónde venían sus compañeros. No son las flechas indígenas, con sus ponzoñas, las que alteran el corazón y el cerebro de Ursúa, sino otras, invisibles, que le envía doña Inés. Sí, algo raro le sucede, se dice que doña Inés le ha hechizado. Los hombres lo saben, todo el mundo lo sabe. Y los que no lo saben, quieren creerlo o tendrán necesidad de creerlo para justificar el crímen cuando los pocos que queden vivos se encuentren, dos años más tarde, ante la justicia española.

Más que Las Casas, es Pedro de Ursúa el primer hispanoamericano, al menos mientras duran los amores y el hechizo de Doña Inés. El capitán, partido a conquistar El Dorado, olvida, es cierto que sólo a ratos, pero demasiado a menudo y cada vez más largos, cuál es su rol. Sus hombres se ven abandonados, como si el capitán no necesitase más conquistas, como si hubiese encontrado la tierra que buscaba en doña Inés y ya no necesitase ni el oro de El Dorado ni la gloria de los conquistadores. Ursúa descubre, con su amiga, a ratos, los dulces placeres de la felicidad y del entregarse, del “embeberce” y envolverse en el cuerpo de su amada como la expedición entera se embebece en la selva americana. Sin embargo hay una diferencia. Cuando Ursúa ama, y no es que esté amando todo el día, pero cualquier minuto es demasiado largo para sus hombres angustiados e impacientes en ese río casi inmóvil, ‑cuando Ursúa ama, decía‑, es de los que no quieren, como Cortés, volver, y durante ese rato olvida hasta el Perú, sin necesidad de destruir ni de quemar naves. Porque poco importa a Ursúa hallarse en Lima, o en el Amazonas, al mando de un ejército o solo en su bohío mientras cuente con Inés. Tal vez en la expedición no había nadie que fuera inocente, nadie que no tuviera cuentas con la justicia, nadie que no haya sido traidor, pero ninguno cuya traición no fuera tan múltiple ni tan violenta como la del gobernador. No sin cierta razón se rebelan sus soldados. Traidor, Ursúa lo es a la confianza que el Marqués de Cañete, Virrey del Perú, ha depositado en él, y en ese sentido, es traidor a España y a su rey. Sin jefe o con un capitán enclenque y sin autoridad, no sólo la monarquía pierde la esperanza de encontrar El Dorado, sino también la banda que si ha decidido acompañar al Gobernador, lo ha hecho tan sólo para enriquecerse con la conquista del más rico territorio: en cada suspiro de Ursúa por su amada, ven disolverse sus sueños. Traidor, también lo es Ursúa a los traidores que, convencidos desde muy pronto de que El Dorado es una quimera, quieren volver al Perú y apoderarse de él utilizando las mismas armas y dineros con que el Virrey ha provisto la expedición. Traidor a los leales y traidor a los infieles, a partir de ese momento el destino de Ursúa está escrito: lo que ha cambiado en él no es la nacionalidad, sino el espíritu, la forma de vivir en América [9]. No es ni más bueno ni más malo que los otros españoles, sigue esclavizando a los indios y sigue buscando El Dorado. Pero aquello pasa, mientras está con Inés, a segundo plano: el paisaje desaparece  y su propósito no es siempre, como debiera, servir a la corona conquistando y “evangelizando”. Cuando está con Inés no quiere regresar a España ni quiere quedarse en América, todo ha perdido importancia, menos su amada. Es justamente por ese vivir de forma inmediata, por esa desaparición de todo exotismo, de toda referencia a España o a América, que Ursúa se “naturaliza” americano, como si siempre hubiese estado allí. Ursúa no vive bien en su balsa, pero vive en América, mucho más que sus compañeros, al dejar de pensar en América y en España. No se es americano sin olvidar previamente paisajes, selvas y “descubrimientos”. Ser americano, en Ursúa es olvidar, olvidar el olvido, y olvidar la guerra: simplemente vivir y dejarse llevar por los amores aun al precio de ignorar la encomienda que el virrey le había encargado. Quienes no han querido cortar el cordón que les une a la península y al proyecto de conquista o de enriquecerse rápidamente, no pueden perdonárselo y no se lo perdonarán.

Mientras duran sus amores, Ursúa es hispanoamericano justamente por el desinterés y por la desaparición de la presencia geográfica, de su exhuberancia y de su exotismo. Esa desaparición del exotismo es una de las características del americano auténtico y de las condiciones para que América pueda ser vivida "naturalmente”. Ursúa vive el continente como un trasfondo lejano donde no hay otro proyecto que el dejarse vivir, que abandonar las grandes empresas ‑conquista y “evengelización”‑ por la más difícil y la más placentera de todas: los amores de Doña Inés. Era el año de 1560. Ursúa, sin ruidos, silenciosamente, sin darse cuenta él mismo y sin derramar sangre, comete una traición aun más grave que la que cometerá Lope de Aguirre al organizar el crímen. Lope, asesino de Ursúa [10], se levanta contra España, a la que tiene siempre presente; Ursúa en cambio se duerme y olvida lo que le ha sido encargado.

Pero cuidémonos de idealizar los amores de don Ursúa con doña Inés. En Ursúa se muestra el hechizo del amor o más bien del malamor. Si el gobernador “iba malquisto con la mayor parte del campo”[11] y si buscaba la soledad, y no únicamente para retozar con su amada, sino para comer o en cualquier momento del día, es porque Inés le daba el agua, pero no le daba el pozo. Si Ursúa está más pendiente de ella que de las cosas de guerra, es porque se siente menos seguro en el plano amoroso que en el militar. Fruto del desamor o del mal querer de Inés, uno de los hombres de mayor experiencia en “entradas de indios”, se transforma en un ser sin voluntad, absorbido, incluso ante la omnipresencia del paisaje y la importancia de la empresa, por la imagen siempre escurridiza de Inés. Aparece en él una incertidumbre y una ansiedad debidas, más que a los peligros, al hecho de que en cualquier momento Inés no le diese más de beber. A tal punto está absorto en una Inés ambigua, que necesita cerciorarse constantemente de su presencia física, incluso al precio de descuidar su propia vida. Porque Ursúa ni está a salvo ni es feliz, pero su voluntad se halla transformada y paralizada: no se pone guardias cuando un anónimo le previene que quieren matarle y tampoco tiene fuerzas para tomar una actitud clara con Inés. Dentro de poco, el primero de Enero de 1560, lo atravesarán a traición las espadas y, su amiga, que en cierto modo carece de elección pues quedarse sola significaba ser violada por varios, se convertirá en amante de Zalduendo, uno de los criminales.

Conocemos el destino de la rebelión; Fernando de Guzmán, gran amigo de Ursúa y traidor él mismo, es declarado príncipe por la asamblea de traidores. Este, sin embargo no es más que un títere de Lope de Aguirre que, de principio a fin, ha logrado dirigir la asamblea e imponer sus convicciones. Genio y sicópota al mismo tiempo, visioniaro y ciego, condenado, como todo aquél que ve más lejos, al insominio y a la locura, Lope propone coronar, con gran bombo, a Guzmán [12]. Después le convence a él y a los hombres de abandonar la inútil búsqueda de El Dorado, continuar descendiendo por el amazonas, llegar al océano Atlántico, obtener en Panamá el apoyo de los negros en antipatía contra la corona (cuya rebelión había sido aplastada años antes por Ursúa), dirigirse hacia el sur y apoderarse del Perú, donde Guzmán; en substitución del Marqués de Cañete, sería nombrado rey. Pero tras algunas semanas, Guzmán, más consciente que Lope, constata la imposibilidad de tomar el Perú y decide continuar la conquista de El Dorado. Conociendo las ambiciones de Lope, le convoca desde un bergantín a otro a un consejo de guerra, con la finalidad de llamarle al orden y quizás ajusticiarlo allí mismo. Lope responde que “ya no era tiempo” y en lugar de asistir, confisca todas las canoas para que nadie vaya en ellas desde el bergantín a avisar al gobernador de la nueva traición que se prepara. Por la noche se dirige donde su príncipe, armado, con un grupo de hombres, y le mata. A partir de ese momento Lope será el jefe indiscutido de la empresa.

Tal vez Lope no sea ajeno a la tradición española de los comuneros y de ciertas bandas que asolaron, en la época, el país vasco, donde él mismo había nacido. Los primeros se declaran rebeldes en nombre de la justicia y del buen gobierno que el rey no puede garantizar; los segundos, en cambio, carecen de toda convicción política. Por otra parte, para algunos americanófilos hispanos la rebelión de Lope es el primer antecedente de la independencia de América [13]. Es cierto que la genialidad sicopatológica de Lope se propone un objetivo independentista. Sin embargo, hay dos razones que impiden compararlo con los patriotas del siglo XIX. La primera, es que el proyecto de Lope es esencialmente la toma del poder en beneficio de quienes se apoderen de él y no la construcción de una sociedad. Falta en Lope, a pesar de su lucidez, un proyecto político, porque en política, el poder es un instrumento del gobierno público, mientras que en Lope, el poder es un medio para el beneficio propio: Lope se mantiene en el plano de lo privado y lo político se sitúa en lo público. Lope de Aguirre no es, pues, un vanguardista, alguien que se anticipe, Lope es un tirano impregnado de valores feudales en decadencia y de ambiciones modernas aún no suficientemente decantadas. La segunda razón que impide compararlo con los patriotas, reside en los medios para llevar a cabo su propósito. Lope, cincuentón, desesperado, viéndose envejecer, enloquece e ignora, a pesar de la evidencia, que los medios de los que dispone no tienen proporción con su empresa. ¿Cómo podría, un centenar de hombres malnutridos y malarmados ‑la mitad han muerto “ajusticiados” por él mismo, por los indios o por enfermedades‑, resistir a las tropas españolas que los nativos mismos, dueños de esas tierras, no habían podido resistir.

Hay, en la genial locura de Lope, el primer esbozo de una idea de que América pertenece a quienes han trabajado por conquistarla y se han esforzado por obtener sus riquezas. Algunas de las afirmaciones de Lope sobre Felipe II son justas y se repetirán, contra los reyes borbones, con pequeños cambios, en las proclamas previas a la independencia, pero los patriotas poseen un proyecto americano y no solamente antiespañol:

“Mira  escribe Lope‑ mira Rey español, que no seas cruel a tus vasallos, ni ingrato, pues estando tu padre [Carlos V] y tú en los reinos de Castilla, sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos, a costa de su sangre y hacienda, tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes. Y mira, Rey y Señor, que no puedes llevar con título de Rey justo ningún interés destas partes donde no aventuraste nada, sin que primero los que en ello han trabajado y sudado de su sangre sean gratificados” [14].

Lope piensa en América como un instrumento para retribuirse las riquezas que el rey no ha querido darle, piensa en América en términos “económicos” cuando la independencia es, o debiera ser, ante todo política. Lope ignora lo que es la universalidad del Estado, feudal o moderno, ignora lo que es el bien público y sólo piensa en términos de interés, de beneficio, lo cual le llevará a su propia pérdida. Lope no quiere a América, Lope quiere ser rico, vivir y morir en la gloria que siempre le ha faltado. Su motivación es esencialmente sicológica y su ambición personal. Lejos de esconderla, lejos de ocultar su desmesura y su rencor, compartido por muchos de quienes partieron a América a hacer fortuna al servicio de la corona, y que se vieron envejecer en aldeas olvidados, en interminables guerras contra los indios o en selvas de las que jamás pudieron regresar, Lope convierte sus males en reivindicaciones, exigiendo devoluciones cuando en la concepción de la corona se trata de mercedes. Mercedes cada día más mezquinas, he ahí la desgracia de quienes llegaron a América demasiado tarde, porque los territorios más ricos y principales ya habían sido concedidos. A diferencia de otros españoles, ya no queda para Lope, el más ambicioso de los conquistadores, más que tierras inhabitables y quimeras por conquistar. A ello se suma que Lope, tardío, se empecina, se empeña y esfuerza, con la desmesura y la crueldad que caracterizan todos sus actos, en transformar en virtud lo que en principio es una tara. El cojo, el renegado, el malquerido, el olvidado por la corona en cuyo nombre ha sido herido, el traidor, quiere volverse Rey en el más rico territorio de Sudamérica [15]. Porque a Lope no le basta el Amazonas. Guerrear contra indios o plebleyos, poner y deponer príncipes, sean o no españoles: ¡eso sería disminuirse! Sólo tiene un medio para lavar la afrenta, porque toda su vida ha sido una afrenta, y ese medio es, no enfrentar, que sabe que es imposible, sino desafiar al más poderoso rey de la tierra, Felipe II, en la más querida y rica de sus colonias: el Perú. En su carta al monarca español, redactada cuando se sabía ya casi perdido, Lope escribe:

“En veinte cuatro años, te he hecho muchos servicios en el Pirú en conquistas de indios, y en poblar pueblos en tu servicio, especialmente en batallas y reencuentros [..] Bien creo, excelentísimo Rey y Señor, aunque para mí y para mis compañeros no has sido tal, sino cruel e ingrato a tan buenos servicios como has recibido de nosotros [..] Avísote, Rey español, adonde cumple haya toda justicia y rectitud, para tan buenos vasallos como en estas tierras tienes, aunque yo, por no poder sufrir más las crueldades que usan estos tus oidores, Visorey y gobernadores, he salido de hecho con mis compañeros [..] de tu obediencia, y desnaturándonos de nuestras tierras, que es España, y hacerte en estas partes la más cruda guerra que nuestras fuerzas pudieren sustentar y sufrir” [16].

Lope no puede vivir América como algo natural. Para él es un instrumento de lucha contra el destino, contra el infortunio y contra su llegada tardía en América. Porque lo que desea no es independizar al Perú, sino sustraerlo al dominio peninsular, hacer una afrenta a Felipe II y someterlo a su poder personal. Lleva demasiado enraizados en sí mismo los valores feudales y los valores de la conquista, pero degradados, para poder erigirse a sí mismo y a América como territorio autónomo. Lope se sitúa, en su afán secesionista, no en relación a América, sino en relación a España. No le basta con ser independiente, con vivir aislado, con perderse en la selva. Lo que él quiere es ser  y ser algo, pero algo en relación España, y en particular a Felipe II, quien continúa siendo la medida de la aristocracia que Lope quiere alcanzar. Puesto que Felipe II no le da el puesto que él cree merecer, no le queda más remedio que vencerlo, y demostrar así, no sólo que no tiene deudas con él, sino que Lope mismo es la fuente de todo valor, de toda aristocracia. Rebelde, sí, pero rebelde con causa. En la mentalidad de Lope, y en ese sentido es comunero, quien ha faltado a los valores feudales ha sido el propio rey por ingrato al no retribuirle con las mercedes que él cree, hasta la muerte y hasta la última línea de su carta, merecer:

[..] Hijos de fieles vasallos tuyos en tierra vascongada, y yo rebelde hasta la muerte, por tu ingratitud.

Lope de Aguirre, el Peregrino” [17].

Lope, desafiando más que luchando contra Felipe II, sigue apegado a los valores de la lealtad que él y sus hombres traicionan cotidianamente. Lope exige la fidelidad total, pero ha olvidado que ello implica una cierta idea del bien común que se supone el señor busca para sus súbditos. En la expedición, en cambio, él y todos saben que luchan en beneficio propio y que nadie puede confiar en nadie. A la más mínima sospecha ejecuta a quien considera traidor, porque todo hombre, por el hecho de existir, es traidor al interés privado del tirano. Paranoico, Lope elimina, poco a poco, por simples rumores, por un simple mirarlo o no mirarle a los ojos como él desea, por divertirse o por contentar al verdugo ávido de cadáveres, tal vez a un tercio de sus hombres. Ejecuciones criminales y ejecuciones suicidas, porque nadie ignora que basta una denuncia para obtener la eliminación de un enemigo y dentro de poco todos desconfían de todos. Criminal, porque no hay sentido alguno de justicia; suicida, porque sus compañeros son cada vez más escasos y cada vez, por lo tanto, más imprescindibles. Llegados, tras haber recorrido todo el Amazonas, a las costas de Venezuela, los hombres se convencen de que seguir con Lope es ir hacia la muerte, ya por ser ejecutado arbitrariamente, ya por debilidad militar contra las tropas reales.

Al final, acosados, la mayoría de sus hombres se pasa al campo real buscando el perdón. Al verse solo o más solo de lo que había estado siempre, Lope pide a García de Paredes, Maese de Campo del rey, darle tiempo de entrevistarse con el Gobernador para hablar de “cosas que convenían mucho al servicio de Su Majestad”. Sin duda Lope, el único traidor que se asume como traidor, estaba al tanto de muchas traiciones e intentos de traiciones que se fraguaban en Perú. Pero sus mismos hombres, ansiosos de obtener perdón y temiendo quizás que delatara los crímenes de todos, “con los arcabuses que traían le tiraron uno tras otro; y al primer arcabuzazo que le dio algo alto, encima del pecho, dicen que dijo “este no es nada”; y al otro que le dio por medio del pecho, dijo: “este sí”” [18]. Ese Lunes, veinte y siete de Noviembre de 1561, con Lope, que había matado a Guzmán, que a su vez había matado a Ursúa, muere el más ambicioso y más desafortunado ensayo de desvasallaje, no de América, sino de los españoles que vivían en ella en relación a su rey. Pobre Lope, pobre Guzmán, pobre sus víctimas culpables y pobres víctimas inocentes, pobres Ursúa e Inés, que pudieron, quizás, haber sido felices [19].





[1] Prohibida su reproducción sin permiso escrito del autor. Una versión resumida de este texto apareció en  la Revista Taller de Letras, Nº 20, editada por la Univ. Católica de Chile, Santiago, 1993.

[2] Vázques, Francisco, y de Almesto, Pedrarias; Jornada de Omagua y Dorado; Crónica de Lope de Aguirre; p. 12. Ed. Los Malos Tiempos, Madrid 1986. Otras fuentas hablan de doscientos españoles y cuatro mil indios.

[3] Ibid., p 17.

[4] Ibid., p. 31.

[5] Ibid., p. 32.

[6] Werner Herzog, en su película Aguirre o la Cólera de Dios, ha logrado, a pesar de alejarse de las fuentes históricas, detectar magníficamente la densidad del transcurrir que se acaparó de aquellos hombres.

[7] Zaldueldo, de quien hablaremos más tarde, morirá, entre otras razones, a raíz de un riña originada por un colchón.

[8] Vázques, Francisco, y de Almesto, Pedrarias; Jornada de Omagua y Dorado; Crónica de Lope de Aguirre; p. 38. Ed. Los Malos Tiempos, Madrid 1986.

[9] “No, we are not indians, but we are men of their world. The blood means nothing, the ghost of the land moves in the blood, moves the blood”. William Carlos Williams; In The Americain Grain, op. cit. p. 55.

[10] Lope no cometió con sus propias manos, pero está entre quienes lo planifican.

[11] Vázques, Francisco, y de Almesto, Pedrarias; Jornada de Omagua y Dorado; Crónica de Lope de Aguirre; p. 32. Ed. Los Malos Tiempos, Madrid 1986.

[12] “Mis ojos no me servían para ver la luz. Pero veían en la oscuridad y yo quise que no lo supiera nadie, nadie lo sabe más que tú. En cierto modo es un castigo, Darman, igual que el insominio”. Antonio Muñoz Benítez, Beltenebros. Ed. Seix Barral, Barcelona 1989, p. 233.

[13] Fernández, María Luisa; Lope de Aguirre; texto del programa de Radio 3, Madrid, España. Emitido a fines de la década de 1980.

[14] Vázques, Francisco, y de Almesto, Pedrarias; op. cit., p. 117-118.

[15] “Era este tirano Lope de Aguirre hombre casi de cincuenta años, muy pequeño de cuerpo, y poca persona; mal agestado, la cara pequeña y chupada; los ojos, que si miraba de hito, le estaban bullendo en el casco, especial cuando estaba enojado. Era de agudo y vivo ingenio para ser hombre sin letras”. Vázques, Francisco, y de Almesto, Pedrarias; op. cit. pp. 147-148.

[16] Ibid., carta de Lope de Aguirre a Felipe II, p. 116.

[17] Ibid., p. 117 a 123.

[18] Ibid., p. 144-145.

[19] Hubo otras tragedias con propósitos similares a los de Lope en América, pero ninguna con pretensiones tan desmesuradas como clarividentes en relación con el trato que la corona daba a los conquistadores. Sin embargo, en algunos aspectos Lope nunca ha muerto. Desde entonces algunos tiranos menores han pretendido, o han logrado, apoderarse de un país o de una región de América en beneficio propio. Es el fenómeno del caudillismo, extraña mezcla de formalismo tan burocrático y jerárquico como vacío. Heredado de los tiempos coloniales, el caudillo confunde a menudo los intereses del Estado y los intereses personales, todo ello en la mentalidad de hombres que piensan, todavía hoy, como en los tiempos de las monarquías absolutas. Ni Ursúa ni Lope modificaron apenas el carácter o la cultura americanas. Sin embargo, ambos son frutos puros de la América colonial y representan dos formas de vivir el continente y de ser americano, que en muchos aspectos siguen reproduciéndose.e!
Friday, 12 June 2015 15:45

A golpes de hacha y fuego

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Cuentos, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1995.
Con este, su primer libro, tirado en 13.000 ejemplares y seleccionado para el Club de Lectores de la editorial, Hernán Neira se dio a conocer con agolpesdehachayfuegocinco cuentos de impecable factura, que mantienen la tensión sin que se les pueda abandonar una vez abierta la primera página. El autor maneja el tiempo a su antojo, situando sus historias en mundos imaginarios que pueden ser leídos como un símbolo de mundos internos o bien como realidades donde siempre puede aparecer lo misterioso y lo fantástico.

Cuento Ameland (que además es el primer capítulo de la novela recientemente premiada):
Ir a extracto de "Ameland"

Críticas completas en PDF

Friday, 12 June 2015 15:43

El espejo del olvido: ensayos americanos

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elespejodelolvidoDolmen Ediciones, Santiago 1997
En este, su segundo libro, Herman Neira trata desde la angustia que sintió Moctezuma hasta los debates sobre la influencia de Flaubert en la literatura de Borges, pasando por la conquista de El Dorado y Tupac Amaru. El Espejo del Olvido se apodera del lector produciéndole un gusto que ya no le permite saber si esta leyendo una novela o un ensayo histórico - filosófico. La obra que presentamos aquí cautivara al lector, constituyendo un aporte ineludible para el conocimiento de nuestra América y de los debates actuales sobre el continente. ISBN 9562013383

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Librería Ulises

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José Victorino Lastarria 70

Santiago

(Metro Universidad Católica)

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Friday, 12 June 2015 15:40

La urbe como espacio infeliz (extracto)

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(Extracto del capítulo   La urbe como espacio infeliz,   del libro  La ciudad y las palabras)

¡Oh, cúmulo de angustias!, parece escucharse como eco al oír la palabra ciudad, al menos entre filósofos de ciudades de las que ya no se sabe dónde comienzan, dónde terminan, ni menos a dónde van (como lo son muchas de las grandes urbes latinoamericanas).¿Cuál es la naturaleza espacial de la ciudad en lo relativo a la felicidad y la infelicidad?; ¿es la angustia una condición del ser humano como tal o del ser humano en la urbe, vale decir, de un tipo particular de existencia surgido hace algunos milenios en oriente y hace algunos siglos en Europa y América? ; ¿podemos describir qué aspectos de la ciudad contribuyen de manera esencial a ello? Presuntuoso sería intentar responder todas esas preguntas. Sin embargo, creemos que es posible dar algunas pistas para que otros puedan hacerlo. Con esa finalidad, es útil examinar brevemente qué dice la tradición griega sobre el concepto de ciudad y qué dice la filosofía contemporánea sobre el espacio feliz.  Leer más...

Friday, 12 June 2015 15:37

El sueño inconcluso (extracto)

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elsuenoinconcluso2Primer capítulo

Diego y sus compañeros estaban cansados. En años de guerra, conquista y trabajo apenas habían ganado para subsistir. Nunca pensaron que América consistiera sólo en una sucesión de caminos, de miseria y de hambre. No es que no hubiera riquezas, es que cuando las encontraban Pedro de Valdivia apenas se detenía para recuperar fuerzas. Al gobernador le atraían más los honores que el oro. ¿Acaso no había abandonado su encomienda en el Perú para irse a Chile? En cuatro años de marcha habían destruído ropa y calzado y ya no tenían más que jirones de tela o de cuero para ponerse.  No era avaro el gobernador, había distribuído los abastecimientos llegados del Callao, pero se agotaron antes de que muchos hombres hubieran rehecho su vestimenta. También se desembarcó unos toneles de vino, pero no venían llenos, como estaba previsto, y hubo robos que disminuyeron las provisiones. Por eso, una noche en que navegaban cerca del estuario del río Ainilebo, Diego Mejías se llevó a dos de sus compañeros a un lugar apartado de la cubierta, se aseguró de que el ruido del mar impidiese que terceros oyeran y les dijo:  

- Si Pedro de Valdivia hiciera un repartimiento a lo más nos tocaría una chacra. No le basta con los valles y las minas que ya ha descubierto, a pesar de que allí hay oro, tierras cultivables e indios para que las trabajen.  (...Leer más)

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