• Sl 02
  • Sl 03
  • Sl 04
  • Sl 05
  • Sl 07

 

¡Por fin! El libro Visión de los vencidos: estudio y transcripción de las Memorias de Juan Bautista Tupac Amaru está disponible en PDF.




Extractos de Ameland (El naufragio de la luz) en inglés / Excerpt of Ameland in English.  El escritor y traductor Peter Robertson ha iniciado la traducción al inglés de El naufragio de la luz. Dos extractos han sido publicado en the International literary quarterly. Extracto 1. Extracto 2


Defensa de la filosofía

En el contexto del anuncio del Ministerio de Educación de eliminar la filosofía de la enseñanza secundaria, una carta sarcástica y pública enviada a la Ministra, en el diario La Tercera, 31 de agosto 2016:

Obedecer y producir. Buenas razones para eliminar la filosofía


Mortaja de zinc (El ingeniero)

Mortaja de zinc (El ingenierio)

Publicado en Cuentos contables, libro que reunió a los 15 escritores finalistas y al ganador del Premio Banco de Santiago, 2000.

Editorial Alfaguara, Santiago de Chile, 2001. ISBN: 956239135-3

© HN y Alfaguara. Autorización de reproducción: solicitarla a Contacto

En homenaje a Enrique Kirberg, ex rector de la Universidad de Santiago de Chile 

El ingeniero confirmó las cifras que le acababa de dar y con un gesto dio a entender que estaba bien, que la desviación del trazado era correcta. La tarde anterior los hombres, que cavaban con palas, picas y chuzos, habían dado con una roca inesperada y no habían podido seguir haciendo los hoyos donde se debía colocar los postes, hermosos postes de alerce rojizo y estriado. En Santiago y en otras ciudades bastaba con hundirlos metro y medio para que resistieran los terremotos, las sacudidas, las inclemencias meteorológicas y el peso de los cables. En la isla, en cambio, el ingeniero había insistido en que debían quedar al menos dos metros bajo el nivel del suelo porque el viento era incluso más fuerte que en Tierra del Fuego. El celo profesional del ingeniero no fue bien recibido por los trabajadores y hubo quejas, tantas que decidió revisar las medidas. Sin decir nada se alejó de las obras, se refugió en el galpón donde se guardaban los materiales, rehizo los cálculos y regresó diciéndonos que los dos metros eran correctos porque en la parte superior el viento producía un empuje lateral (esa fue la palabra técnica que utilizó) que podía llegar a varios cientos de kilos, lo que requería una larga base bajo tierra para ser contrarrestado.

 

        Nadie dudó de que sus cálculos de aerodinámica y mecánica de suelos estuviesen bien hechos, pero a nadie importaba tampoco la exactitud de ellos. Es más, muchos ya lo habían dicho: que lo mejor era falsear deliberadamente las cifras para disminuir las exigencias del trabajo y para que, cuando recobraran la libertad, los postes se vinieran abajo por efecto del clima. Mal que mal, ¿cómo iban a estar poniéndole los postes derechos a los de la Armada siendo que ellos mismos los mantenían presos?

 

Reedición en la web de

Mortaja de zinc (El ingenierio)

Publicado en Cuentos contables, libro que reunió a los 15 escritores finalistas y al ganador del Premio Banco de Santiago, 2000

Editorial Alfaguara, Santiago de Chile, 2001. ISBN: 956239135-3

En homenaje a Enrique Kirberg, ex rector de la Universidad de Santiago de Chile

Versión imprimible solo para uso personal

© HN y Alfaguara. Autorización de reproducción en papel o web solicitarla a "Contacto"

 

El ingeniero confirmó las cifras que le acababa de dar y con un gesto dio a entender que estaba bien, que la desviación del trazado era correcta. La tarde anterior los hombres, que cavaban con palas, picas y chuzos, habían dado con una roca inesperada y no habían podido seguir haciendo los hoyos donde se debía colocar los postes, hermosos postes de alerce rojizo y estriado. En Santiago y en otras ciudades bastaba con hundirlos metro y medio para que resistieran los terremotos, las sacudidas, las inclemencias meteorológicas y el peso de los cables. En la isla, en cambio, el ingeniero había insistido en que debían quedar al menos dos metros bajo el nivel del suelo porque el viento era incluso más fuerte que en Tierra del Fuego. El celo profesional del ingeniero no fue bien recibido por los trabajadores y hubo quejas, tantas que decidió revisar las medidas. Sin decir nada se alejó de las obras, se refugió en el galpón donde se guardaban los materiales, rehizo los cálculos y regresó diciéndonos que los dos metros eran correctos porque en la parte superior el viento producía un empuje lateral (esa fue la palabra técnica que utilizó) que podía llegar a varios cientos de kilos, lo que requería una larga base bajo tierra para ser contrarrestado.

           Nadie dudó de que sus cálculos de aerodinámica y mecánica de suelos estuviesen bien hechos, pero a nadie importaba tampoco la exactitud de ellos. Es más, muchos ya lo habían dicho: que lo mejor era falsear deliberadamente las cifras para disminuir las exigencias del trabajo y para que, cuando recobraran la libertad, los postes se vinieran abajo por efecto del clima. Mal que mal, ¿cómo iban a estar poniéndole los postes derechos a los de la Armada siendo que ellos mismos los mantenían presos?

            - No, si sólo falta que se los pintemos blancos, como en la entrada de los regimientos -dijo un muchachón de unos veinte años.

            Los que conocíamos de antes al ingeniero no podíamos compartir el odio que había comenzado a suscitar entre algunos detenidos. Tal era mi caso, su subordinado en la Dirección de Vialidad, de la que él había sido director desde mediados de los años sesenta. Una parte de la Dirección se hallaba ahora en la isla, lo que permitía mantener la jerarquía burocrática a pesar del cambio de circunstancias y el cariño, sí, el cariño que le teníamos los que trabajábamos con él en la capital. Es que el ingeniero, delgado y con ojos de inspiración, era un hombre singular, de esos que sin particular soberbia ni mala leche tienen una especial capacidad para desesperar a terceros por la rigidez de sus principios y la meticulosidad con que se toman el trabajo. Su llegada a Vialidad, en los años cincuenta, incrementó muchísimo el nivel de las obras y más todavía cuando se convirtió en su director. Con él se acabaron las mezclas de cemento que no hubieran pasado por el laboratorio, los arreglines en la adquisición de materiales, los caminos que dan curvas innecesarias, los cálculos incompletos, las horas extraordinarias indebidamente cobradas y, por supuesto, los postes torcidos, especialidad común en aquella época en nuestro país y que hoy, salvo excepciones, sólo se practica en algunas ciudades de provincia.

           Eran razones más que válidas para ser odiado por sus enemigos, pero también razones para ser querido, aunque fuera por pocos, porque nos trasmitía una mística casi religiosa por las obras públicas:

            - Estas obras -nos recordaba a veces con los pies en el barro o en la nieve, sin que hubiera nadie oyéndole excepto nosotros‑ han sido financiadas con el esfuerzo de la nación. Ustedes quizás no lo sepan, pero con ellas contribuyen a hacer un país sin clases sociales, donde la educación, la vivienda y la salud estén al alcance de todos. Muchos, hoy en día -era la época de Allende-, están saboteando estos esfuerzos y quieren que nuestros puentes se caigan y que nuestros caminos se corten para que se produzca un caos que deslegitime al gobierno. No los dejemos, ganémosles con los hechos: estas obras nos pertenecen a todos y por eso mismo tienen que quedar perfectas, per‑fec‑tas.

            Tras esas breves arengas más de una vez le vi corrigiendo un camino desviado apenas unos centímetros, revisando la unión de los tubos de alcantarillado, devolviendo los materiales al proveedor por defectos minúsculos de fabricación o bien, en su oficina, mucho después de la seis de la tarde, estudiando la información geológica o las estadísticas de población para saber por dónde debía pasar una ruta. Y, por supuesto, ya entonces hacía sacar los postes que no habían quedado, en su opinión, suficientemente derechos, lo que no le era difícil de descubrir ya que siempre llevaba, como carpintero antiguo, un plomo en el bolsillo.

No era un político, al menos de partido, ya que no militaba en ninguno, era tan sólo, y eso es mucho, un republicano convencido, imbuido desde chico en una idea de grandeza y probidad estatal extraída de los antiguos historiadores romanos, a los que conoció por medio de los libros que sacaba a escondidas de la biblioteca de su padre, profesor, ya muerto, de lenguas clásicas en la Universidad de Chile. En su oficina tenía la reproducción de un cuadro, algo poco común para un ingeniero, que representaba su decálogo profesional: El Juramento de los Horacios, donde los hermanos Horacios prometen defender Roma con la espada. En definitiva, el ingeniero nos animaba no sólo dándonos instrucciones, sino con un ejemplo en el que, cuando recién se le conocía, había algo de intimidante. De más está decir que, siguiendo ese modelo, tan escaso en una época de primacía de la política sobre los demás aspectos de la vida, sólo a él y a nosotros se nos pudo ocurrir que las diez de la mañana no era hora para abandonar la oficina cuando los soldados vinieron a sacarnos a él, a mí y a cuatro funcionarios más del laboratorio en Constitución, donde estábamos prolongando un camino. Unos cuantos culatazos nos aclararon los límites de la jornada laboral.

            Pero en la isla, en la antesala del Cabo de Hornos, allá donde los marinos de otra época, refiriéndose a la latitud del Atlántico Sur y al ruido del viento y de las olas, hablaban de las cuarentenas rugientes (para las latitudes entre 40º y 50º) y las cincuentenas aullantes (entre los 50º y 60º), en esa isla, decía, la Armada había instalado el campo de concentración más austral de Chile y querían un tendido eléctrico entre Caleta Banner (sede del cuartel naval) y Caleta Piedras (donde alojábamos nosotros), paralelo a una huella de pasto y tierra. Quizás conocían la reputación del ingeniero y por eso, a pesar de nuestras ideas, nos sacaron de Constitución y nos subieron a un avión de carga, ruidoso y frío, que en seis horas de viaje nos llevó a un lugar que nunca habíamos visto. Los demás detenidos, no más de treinta, provenían de Punta Arenas y tenían variopintas edades y profesiones.

            En fin, pocos días después de aterrizar en el descampado al que llamaban aeródromo, cuando terminamos de construir los galpones que serían nuestro alojamiento, el teniente habló con el ingeniero y le explicó que el único modo de que los pobladores de Caleta Piedras, a siete kilómetros de allí, pudieran beneficiarse con la presencia militar en la otra punta de la isla era conectándolos al generador de la Armada y así tener dos o tres horas más de luz en invierno. El oficial no parecía mentir y el ingeniero, tras una par de días de meditación, aceptó. Claro que desde el principio los marinos deben haber sospechado problemas porque muy pronto comenzaron a construirle, ellos mismos, un pequeño galpón aparte del nuestro, una habitación exclusiva en el Hotel Isla, por decirlo así. Desde entonces tuvo derecho a brasero y mesa propios y pudo trabajar sin ser molestado en un lujo, el del brasero, con el que nosotros sólo soñábamos.

            Los cálculos los hizo en noviembre, el cemento y los postes llegaron en diciembre y en enero comenzaron las obras bajo un viento, un maldito viento, que no sólo no disminuía a medida que se acercaba el verano, sino que incluso se incrementaba. Las rachas eran tan fuerte que ni siquiera nos podíamos entender y a veces ni siquiera nos podíamos mantener de pie, lo que servía de excusa para que los enemigos del ingeniero justificaran hoyos mal cavados, cavados donde no correspondía y constantes salir volando de los planos y verlos perderse en el horizonte, ya que nada era tan fácil como soltarlos un segundo y explicar el hecho como un accidente. Con todo, incluso quienes se oponían a las obras lo pasaban mejor trabajando en ellas que corriendo en círculos o haciendo tiburones en la tierra, única actividad no sólo permitida por la Armada, sino incluso obligada, hasta comenzar con los postes.

            Lo primero fue instalar una decena alrededor de donde estábamos, concesión no prevista que obtuvo de la Armada el ingeniero a fin de colocar unos cuantos faroles adentro y afuera de nuestra barraca. A partir de allí comenzamos una fila de poniente a oriente, de modo que a fines del verano habíamos levantado más de cincuenta. En marzo, sin embargo, el trabajo se hizo mucho más lento y no sólo porque los días se hubiesen vuelto más cortos, sino porque el viento era tan fuerte que incluso nuestros centinelas nos dejaban solos para cobijarse, sin importarles que paralizáramos las faenas. Además hacía semanas que no llovía y la tierra se había endurecido, por lo que las palas se gastaban y el trabajo rendía cada vez menos. Una cosa sí hay que decir, y es que nunca pasamos hambre e incluso teníamos cuidados médicos. Pero ese relativo bienestar no era lo mismo que estar libre y un médico venido desde Punta Arenas una vez al mes no es igual que ser atendido en un hospital. Uno de nuestros compañeros enfermó, le vino tos, ronquera y fiebre, lo que se transformó, según supimos después, en una pulmonía que acabó rápidamente con él.

Muchos culparon al ingeniero y ya no callaban que lo consideraban traidor, negrero y verdugo, lo que no hacía la vida fácil para los que lo apoyábamos, ya que él podía permanecer en su barracón, pero sus subalternos teníamos que estar dirigiendo las obras junto a los demás trabajadores, armados todos ellos con palas y chuzos que fácilmente eran usables en nuestra contra. ¿Acaso no podía dársenos un golpe y decir que había sido un accidente, igual que con los planos que se volaban?

       Con la muerte de nuestro compañero el campo se dividió en dos grupos que no sólo debían trabajar mezclados en cuadrillas cuyos componentes, para evitar motines, cada mañana elegían por lista los navales, sino que además, por la noche, debíamos compartir barracón, lavatorio y letrinas. La tensión era tanto más grande porque no queríamos exhibir nuestras diferencias; nuestro propósito era solucionar todo entre nosotros y aparecer unidos ante la Armada, por lo que bastaba que se acercara un marino para que hiciéramos como si nunca hubiese sucedido nada. Y la verdad es que ya estaban sucediendo cosas, porque se habían producido riñas, golpes y algún herido leve que tuvimos que esconder.

            Algunas semanas más tarde, a mediados de abril, el ambiente se puso todavía más tenso. Una noche, aprovechando que el viento había hecho que nuestros centinelas buscaran refugio, alguien logró salir de nuestro barracón, se acercó a donde dor

mía el ingeniero y desde afuera, apoyado en las paredes de zinc, le gritó lo suficientemente fuerte como para que se oyera desde adentro:

            - ¿Querías hoyos? ¡Te tenemos uno a medida, traidor!

            El ingeniero, a quien el ruido de la ventisca impedía dormir, se levantó del camastro y puso el oído en las latas, pero no pudo reconocer la voz, aunque la escuchó varias veces.

            Que alguien haya tenido la audacia de salir, a riesgo de su vida, ya que nuestros centinelas, relativamente pacíficos de día, disparaban a todo lo que se moviera en la noche y sólo después preguntaban, como ya habíamos experimentado en un intento de fuga, demostraba suficiente decisión como para tomar la amenaza en serio. Desde entonces el ingeniero nos pidió, a dos funcionarios que habíamos trabajado antes con él, que lo acompañáramos en los recorridos que tenía que hacer a diario. Ya no se atrevía a acercarse a los hoyos ni a caminar solo. Por las noches bloqueaba su puerta con el catre y con una cerradura de alambres, más firme que ningún picaporte, como sólo él era capaz de hacerlo.

            En mayo, aunque ya a ritmo lentísimo por el miedo, los sabotajes y el viento, habíamos levantado unos cientocincuenta postes, de un total de doscientos, de los cuales ocho en nuestro campamento. No nos quedaba más de kilómetro o kilómetro y medio para unir las caletas, aunque la perspectiva de concluir no sólo no bastaba para aliviarnos sino que incluso nos ponía más tensos. De las amenazas anónimas se había pasado a la amenaza pública de que el ingeniero no terminaría la obra con vida, lo que vino seguido de una actitud de silencio que presagiaba lo peor. Los dos grupos permanecíamos parcos y hostiles y al menos nosotros no nos atrevíamos a decir nada porque todo podía transformarse en un grito de guerra y, la guerra, en aniquilamiento. ¿Matarnos, ser muertos por nuestros compañeros de detención? Todo indicaba que hacia eso íbamos, lo que no dejaba de humillarnos porque una cosa era ser vencido por una fuera superior y externa, y otra por una debilidad venida de adentro.

            El ingeniero, entre tanto, ya no podía dormir y muchos días amanecía con ojeras y cansado. Daba pena verle por el campamento en esas condiciones, pero nada podíamos hacer excepto no dejarle ni un minuto solo, aunque es muy probable que si hubiésemos fijado la vista en cualquiera de nosotros en lugar de en él, hubiésemos constatado, no un campo de concentración, sino un campo donde los seres humanos, anticipándose a una muerte, caminaran errantes y pálidos hacia la sepultura, pero sin decir nada ni a sus centinelas, que quizás también, si se les daba tiempo, se iban a convertir en nuestros verdugos, ni tampoco a nadie, aunque en esas soledades de viento y de frío ese nadie no existía.

            Fue entonces, cuando ya todos nos encontrábamos en el límite de nuestra resistencia y preferíamos incluso la intestina batalla final a seguir en ese estado, que el viento sopló todavía más fuerte. No tan frío como lo había sido las noches anteriores, ya que incluso se parecía, por su temperatura, a la brisa de la zona central, pero su velocidad e incluso más, su furia, porque no era sólo cosa de rapidez sino de animación, de haberse convertido en algo vivo, era algo que ni siquiera podíamos imaginar. Estoy seguro de que si algún marino lo hubiese oído hubiese tenido que inventar un nuevo concepto porque decir que rugía o aullaba era poco y verdaderamente todo cuanto pueda narrar aquí para describirlo es insuficiente. Las latas de nuestro galpón temblaban, parecía que todo iba a estallar, las rachas entraban bajo la puerta e incluso en el interior sonaban tan fuerte que ni gritando nos oíamos: estábamos aterrados y nos sentíamos como en un barco a punto de naufragar, con la vida pendiente de los segundos que soportaría todavía un tarugo o un perno.

            El ingeniero, por su parte, después de tantas noches sin dormir, había logrado conciliar el sueño temprano, cuando el viento apenas era una brisa. Tal era su cansancio que nada más acostarse sintió como si una mano todopoderosa lo agarrara por el pecho y lo empujase al colchón, haciéndole perder el sentido con la misma energía que lo había arrastrado hasta allí. También su galpón comenzó a crujir, pero no escuchaba nada y sus sueños -ya que esa noche soñó- eran tan impermeables a lo que sucediera afuera que no se mezclaba con los ruidos externos, como muchas veces sucede. Eran sueños de una placidez que no había experimentado hacía años y en los que contemplaba su vida como en el cine. Soñó, por ejemplo, que era niño y jugaba a hacer túneles y torres, recibiendo el elogio y el cariño de sus padres; soñó que aún imberbe ingresaba a la universidad y se maravillaba de la sabiduría de sus maestros; soñó que años más tarde, siendo él mismo profesor, entraba al Aula Magna, una especie de templo, y que sus alumnos, en vez de examen de grado, debían realizar un juramento similar al de los Horacios blandiendo no espadas, sino reglas de cálculo; soñó que lo contrataban en el Ministerio para sacar a indolentes y prevaricadores, quienes se alejaban con su sola presencia; soñó con multitud de oficinas, cada una dedicada a construir un nuevo camino, una nueva escuela, un nuevo tendido eléctrico que iba iluminando un territorio que hasta entonces se mantenía a oscuras; soñó que tra

bajaba sin detenerse, pero sin cansancio, y que como por arte de magia sus planos se convertían en obras. Y así pasaban sus años en el sueño, con una mezcla de felicidad y de nostalgia, deslizándose de una etapa a otra en un silencio y una suavidad casi musicales, ajeno por completo a la isla.

            Por mientras, afuera, sin que él supiera nada, el viento soplaba más y más fuerte. De pronto nuestra puerta crujió y fue arrancada hacia adentro, tan de prisa que apenas la vimos cuando pasó como un proyectil por medio de la barraca, derribando y matando a uno de nuestros compañeros. Tampoco se detuvo al chocar contra la pared posterior, la que cedió de inmediato, convirtiendo nuestro hogar, ya que así sentíamos el galpón por su capacidad de protegernos en esas circunstancias, en un túnel de viento que se llevaba todo cuanto encontraba a su paso: ropa, camarotes y a varios de nuestros compañeros, que sólo veinte o treinta metros más lejos descubrían que la única manera de sujetarse era, cuando estaban rodando, dejar el cuerpo lacio y aplastado contra al suelo, con la cabeza en dirección al viento y apegados a la tierra tanto como se pudiera. Todos fuimos sacados de manera semejante del galpón, por fortuna, ya que muy pronto perdió su techo y poco después sus paredes, yéndose con la misma facilidad que algunos de mis compañeros habían dejado irse los planos en el aire.

          Parecía que el viento ya no podía soplar con más intensidad, pero lo hacía, y lo volvía a hacer, y pronto comprendimos, ayudados por una luna de brillo extraordinario, que tampoco era bueno quedarnos simplemente aplastados contra la hierba. No sé de quién fue la idea, porque quizás fue de todos, amigos y enemigos del ingeniero que, al sentir la cercanía del peligro, reaccionamos en un mismo sentido, el de salvarnos, y nos dimos cuenta de que los postes que él había obtenido de la Armada para iluminar nuestro barracón estaban alineados en la misma dirección poniente-oriente del huracán, por lo que cada estaca, por su propia disposición, frenaba aunque fuera una brizna el empuje del aire en la otra. Si nos dejábamos arrastrar, suavemente, el mismo viento nos ayudaría a colocarnos detrás de ellas y, si los cálculos del ingeniero habían sido buenos ‑y hasta quienes más le habían odiado confiaban ahora en eso‑, resistirían las inclemencias.

Reaccionamos en menos de un segundo: nos dividimos en grupos de tres o cuatro, nos arrastramos hasta los postes, donde el primero, siempre tendido, abrazaba la estaca mientras los demás nos poníamos detrás enlazando los brazos de uno con las piernas del otro para formar una cadena con el pecho hacia el suelo todos. En esa posición, minutos más tarde, bajo la luz de la luna, vimos volar todo cuanto se levantaba sobre el suelo, incluso la hierba, que era arrancada con pedazos enteros de tierra mientras sentíamos el tironeo que el viento producía en nuestra cadena humana. Y de pronto oímos un crujido de latas mucho más fuerte que todos los demás. Se nos sobrecogió el corazón e incluso sus enemigos sintieron piedad. El ingeniero, exhausto más que ninguno de nosotros, nunca llegó a despertar, o al menos eso quisimos. Amortajado en su galpón, su vivienda volaba, caía y rodaba y una vez más volaba, perdiendo su forma en cada una de esas etapas, pero sin abrirse. Desde mi puesto, aplastado contra la tierra y moviendo sólo los ojos para no arriesgarme a mover la cabeza y ser izado por ella, vi cómo se acercaba, cómo pasaba por mi lado y cómo nos abandonaba sin abrirse, mientras el brillo de la luna se reflejaba en el zinc. Después miré hacia atrás con la esperanza de que hubiese podido escapar, con el deseo de tener un brazo tan largo y tan fuerte que pudiera alcanzarle, pero todo cuando vi fue que, muy a lo lejos, adentrándose en el mar, unas latas giraban y brillaban arrastradas por el viento.

            Las rachas se hicieron más intensas y a veces sentíamos que nuestras cadenas de brazos y piernas se iban a cortar, que las extremidades ensangrentadas del primero no iban a resistir más embates y que iba a soltarnos. Pero los males no son eternos. Llegó el momento en que el viento comenzó a declinar, es decir a aullar primero, como está descrito en las memorias de los veleros, y a rugir después. De a poco apareció el sol en el horizonte y comenzamos a vernos, no ya en blanco y negro, como sucede bajo la luz de la luna, sino en colores. Estábamos todos, o casi todos, amigos y enemigos habíamos recobrado la vida, encadenados unos a otros, en el suelo, y allí estaban los postes, dos metros en el suelo, recordándonos con escarnio al hombre que los había colocado.

Valdivia, julio del 2000

</