Hern‡n Neira

La urbe como espacio infeliz

 

 

 

Extracto del libro

La ciudad y las palabras

 

Editorial Universitaria, Santiago, 2004

Versi—n electr—nica por gentileza de  Editorial Universitaria

 

Publicado por primera vez en revista "Cuadernos Salmantinos de Filosof’aÓ, Universidad de Salamanca, Espa–a, vol. XXIV, 1997

 

 


 

Resumen

Inspir‡ndonos en el an‡lisis de la imagen del espacio feliz hecho por Gaston Bachelard, hacemos un an‡lisis de la imagen del espacio infeliz y estudiamos su relaci—n en el concepto de espacio en la ciudad. Para ello distinguimos entre polis (comunidad de vida) y urbe (conglomerado humano con v’nculos volumŽtricos) y vemos c—mo la ciudad actual est‡ m‡s cerca de la imagen de urbe que de la de polis. Ello genera un tipo de angustia espec’fica, la angustia urbana, tal vez suelo ignorado de la angustia analizada por la filosof’a existencial. En la urbe se permanece metaf’sicamente libre, pero humanamente preso, por el hecho de que de las libertades no se ponen de acuerdo.

 

Abstract

Based upon Gaston Bachelard«s analysis on the image of the "happy space", we analyse the "unhappy space" and we study its relation with the image of city space. We distinguish between polis (life«s community) and the latin word "urbs" (human conglomerate linked by volumetric relations) and we stablish that the contemporary city is more closed to the image of "urbis" than to the image of polis. This generates a specific kind of anguish, the urban anguish, that might be the unveiled ground of the anguishd analysed by the existencial philosphy. In the city one is metaphysicaly free, but humanly prisioner, because everybody is free, but there is no agree on what to do with freedom.

 

 


 

 

ÁOh, cœmulo de angustias!, parece escucharse como eco al o’r la palabra ciudad, al menos entre fil—sofos de ciudades de las que ya no se sabe d—nde comienzan, d—nde terminan, ni menos a d—nde van (como lo son muchas de las grandes urbes latinoamericanas). ÀCu‡l es la naturaleza espacial de la ciudad en lo relativo a la felicidad y la infelicidad?; Àes la angustia una condici—n del ser humano como tal o del ser humano en la urbe, vale decir, de un tipo particular de existencia surgido hace algunos milenios en oriente y hace algunos siglos en Europa y AmŽrica? ; Àpodemos describir quŽ aspectos de la ciudad contribuyen de manera esencial a ello? Presuntuoso ser’a intentar responder todas esas preguntas. Sin embargo, creemos que es posible dar algunas pistas para que otros puedan hacerlo. Con esa finalidad, es œtil examinar brevemente quŽ dice la tradici—n griega sobre el concepto de ciudad y quŽ dice la filosof’a contempor‡nea sobre el espacio feliz.

 

Polis, en la filosof’a de Arist—teles quiere decir, sobre todo, ciudad, en el sentido de comunidad y unidad pol’ticas, as’ como lugar moral de realizaci—n de las virtudes ciudadanas . Para Arist—teles, la comunidad primaria est‡ constituida por la familia. Varias familias constituyen un pueblo o aldea, y varias aldeas una ciudad. Una comunidad pol’tica es entendida por Arist—teles como una comunidad autosuficiente,

 

"y as’, habiendo comenzado a existir simplemente para proveer la vida, existe actualmente para atender a una vida buena. De aqu’ que toda ciudad-estado existe por naturaleza en la misma medida en que existe naturalmente la primera de las comunidades" .

 

Esa autosuficiencia es la finalidad de la ciudad o de la comunidad pol’tica. Lo relativo a la ciudad no se define por la espacialidad ni por un tipo de construcci—n ni distribuci—n de funciones urbanas. Tampoco debe entenderse en el sentido de autosuficiencia de energ’a, provisiones y servicios, sino como logro moral en un sistema de relaciones donde las m‡s altas virtudes de los hombres libres pueden tener lugar, lo que supone cierto bienestar econ—mico, pero que no se define por Žste y que incluso este mismo puede anular. Autosuficiencia es aqu’ la plena realizaci—n del ser humano, lo que en Arist—teles supone el ejercicio de la previsi—n racional, de la participaci—n en el destino de la comunidad y ocio para no estar sometido a exigencias contrarias a dicho ejercicio. Lo que es autosuficiente es el sistema de relaciones, costumbres y valores, que no requieren de intervenci—n externa o de importaci—n de costumbres for‡neas para que los hombres alcancen la virtud. En otras palabras, la ciudad aristotŽlica es un tipo de v’nculo entre los hombres, acordado libremente, de tal manera que gracias a ese v’nculo se pueden realizar, sin intervenci—n de terceros, las funciones pol’ticas, morales, econ—micas y domŽsticas sin las cuales el hombre, aunque viva en sociedad, no puede ser feliz. S—lo algunas de estas funciones tienen que ver con la construcci—n y la habilitaci—n material de espacios domŽsticos, laborales y pœblicos, pero no puede pensarse que ello sea lo esencial de la ciudad (polis) aristotŽlica.

 

No desconocemos que Žsta subsiste en parte gracias a los esclavos, marginados del espacio de libertad, del ocio y de lo que el estagirita considera la realizaci—n de las virtudes m‡s propiamente humanas, pues para Arist—teles la virtud del esclavo consistir’a en obedecer a un amo sabio que le conduzca a un bien que por s’ s—lo no podr’a alcanzar. Con todo, hay autores que inspirados en Arist—teles, pero alej‡ndose de Žl, han entendido la noci—n de ciudad casi exclusivamente en el sentido de sistema de relaciones morales y costumbres libremente acordadas, es decir, como polis que no excluye a ninguno de sus miembros y en la cual no hay esclavos. En el siglo XVI Francisco de Vitoria ve en las ciudades ind’genas comunidades autosuficientes que no necesitan de los espa–oles para gobernarse moralmente y llegar a ser virtuosas, aun cuando el tipo de gobierno de la ciudad ind’gena sea distinto del espa–ol . En ese sentido, a diferencia de lo que entendemos hoy por ciudad, no existen en Arist—teles, ni en Vitoria , indicios de que la ciudad sea impedimento para que las funciones pol’ticas, morales, econ—micas y domŽsticas puedan realizarse o para que una de ellas se realice en detrimento de las dem‡s, como sucede en las ciudades actuales. Por eso, una imagen de ciudad de inspiraci—n aristotŽlica, con exclusi—n de lo que el estagirita piensa del rol de los esclavos en ella, puede ser una imagen de espacio feliz, con aspectos semejantes a los que se integran en la imagen de casa tal como la definir‡ Bachelard veinticuatro siglos m‡s tarde.

 

En La poŽtique de l'espace Gaston Bachelard centra su reflexi—n en la casa y sus objetos interiores con el fin de poner de relieve la imagen poŽtica del espacio bajo el signo del hombre feliz. Para Bachelard, la casa, y no la ciudad, es el lugar de la imagen espacial feliz. La bœsqueda bachelardiana de im‡genes de espacios felices era parte de una polŽmica con el sicoan‡lisis, cuyo objeto de trabajo tambiŽn habr’a sido, segœn Žl, las im‡genes, pero en lugar de im‡genes felices, im‡genes de desgracia y sufrimiento propias de un hombre infeliz. Bachelard se propon’a analizar im‡genes que no fueran vividas y que hubiesen sido creadas por la imaginaci—n poŽtica, superando la felicidad o la pena de quien las crea. Bajo inspiraci—n kantiana y fonomenol—gica, conceb’a la imagen como el sobrepasamiento de todos los datos de la sensibilidad y buscaba describir las im‡genes del espacio feliz sin preocuparse de si lo era o no quien las creaba. No le interesaba fundamentalmente lo existente y lo presente sensible, ni lo pasado, pues, como dec’a Žl: "la imaginaci—n, en sus acciones vivas, nos separa a la vez del pasado y de la realidad. Se abre hacia el futuro. A la funci—n de lo real, instruida por el pasado, [...] hay que agregar una funci—n irreal igualmente positiva" . Para Bachelard, la funci—n irreal de la imagen del espacio feliz viene a seducir, inquietar y despertar aquello que ya es. Pero no se trata aqu’ de la inquietud temible, de la cat‡strofe o de la situaci—n l’mite, sino de:

 

"im‡genes bien simples, las im‡genes del espacio feliz [...] que tienden a determinar el valor humano de los espacios de posesi—n, de espacios prohibidos contra las fuerzas adversas, espacios amados" .

 

En muchos casos Bachelard sitœa la imagen del espacio feliz en ambientes aparentemente hostiles, como la soledad de una casa en la tormenta. Sin embargo, la hostilidad del paisaje no hace mella en la beatitud de la imagen de espacio feliz e incluso puede contribuir a su constituci—n. Para Bachelard, el cosmos se opone a la casa, pues una de las estructuras b‡sicas de las im‡genes del espacio feliz es la oposici—n casa versus no casa, es decir casa versus mundo. La imagen de casa se construye oponiŽndola a la de mundo y a las fuerzas naturales, pero se trata de una oposici—n que contribuye a constituir la naturaleza moral del ser humano, no de una oposici—n de indiferencia. A prop—sito de unos versos de Rilke, quien escribe de una casa que es "envuelta por los brazos de una tormenta", Bachelard comenta que casa y universo est‡n en una relaci—n de oposici—n y de simple yuxtaposici—n. "La casa capitaliza sus victorias contra el hurac‡n", comenta . La resistencia de la casa contra la tormenta es un valor humano, una especie de cuerpo humano bajo el cual cada uno abriga su cuerpo contra la tormenta. La tormenta es una agresi—n animal, pero contra ella "la casa adquiere las energ’as f’sicas y morales de un cuerpo humano" , su protecci—n y resistencia se convierten en valores humanos, con lo cual la casa humanizada se convierte en un instrumento para afrontar el cosmos. Por eso Rilke, segœn Bachelard, hablar’a sin angustia de la casa bajo el mal tiempo, pues esa casa solitaria es un espacio tan feliz o m‡s que la ciudad (recuŽrdese que el efecto de una tormenta en Žpoca de Rilke es bien distinto del actual).

 

Bachelard tiene raz—n al afirmar que en la imagen de casa los distintos componentes del siquismo humano encuentran un lugar propio y que por lo tanto sirve de modelo para la integraci—n sicol—gica. En las im‡genes del espacio feliz se integran todos los niveles del siquismo, de modo que un ser humano se puede reconocer por entero en ellas, sin necesidad de disgregarse, de escindirse o de reprimir ciertos aspectos de la personalidad.

 

Las im‡genes del espacio no son sustituto de espacios reales, pues no pretenden estar en lugar de ellos ni son significantes de algo ausente, como ser’a si entendiŽramos lingŸ’stica o sicoanal’ticamente el trabajo de Bachelard. Las im‡genes del espacio feliz se valen por s’ mismas y son lugar de integraci—n s’quica imaginaria, pero no falsa, pues cabe hacer de ellas una descripci—n eidŽtica, una especie de ontolog’a fenomenol—gica de los espacios imaginarios, tal como se podr’a hacer de los espacios reales.

 

El sentido cl‡sico de la noci—n de ciudad ha tendido a desaparecer de las im‡genes de la ciudad moderna para ser absorbido por el significado de la palabra urbe, que no en vano el Diccionario de la Lengua Espa–ola de la Real Academia de la Lengua vincula con las ciudades populosas, es decir, con cantidades de poblaci—n y de edificios m‡s que con la realizaci—n de un tipo de vida (aunque lo populoso traiga consigo una manera de vivir). Es decir, en algœn momento de la historia emp’rica y de la historia de la filosof’a se produce una derivaci—n del concepto de ciudad desde la noci—n de polis hacia el concepto de urbe, perdiŽndose el sentido del espacio moral donde se realizaban las virtudes de los hombres libres para adquirir el de aglomerado indiferente a los seres humanos y sus virtudes. Como aglomerado, la gran ciudad contempor‡nea no es autosuficiente en materia pol’tica, moral y econ—mica, aspectos que relega al Estado o a la vida domŽstica. La gran ciudad contempor‡nea conf’a en el Estado para resolver la mayor’a de los conflictos morales y proveerla de un marco pol’tico-jur’dico dentro del cual las municipalidades puedan resolver los conflictos espaciales, y relega al campo domŽstico la realizaci—n de la felicidad y de la virtud. La gran urbe elimina de su espacio el espacio de realizaci—n de la comunidad de vida humana y de v’nculo moral de cada persona respecto de las dem‡s para sustituirlos por una relaci—n de contigŸidad: los ciudadanos est‡n todos juntos f’sicamente, pero desunidos moralmente. En la imagen de urbe los seres humanos se integran sin v’nculo interno, sino tan s—lo por la separaci—n a que les obliga un espacio geomŽtrico, sin intensidad, profundidad ni moralidad y donde, siguiendo las leyes de la geometr’a euclidiana, dos volœmenes no pueden ocupar el mismo lugar. De ah’ que en la imagen de la urbe cada uno quita el lugar al otro, en vez de contribuir a que todos tengan su sitio en el mundo, como sucede cuando la ciudad es entendida como polis, como comunidad.

 

La urbe ha dejado de ser el lugar de reuni—n natural de los hombres virtuosos para convertirse en lugar de degradaci—n o al menos de peligro moral. En la Žpoca actual existe una tendencia a centrar lo moral en la vida domŽstica, espacio f’sico y moral en el cual siempre hay posibilidad de salvaci—n, sin importar lo que suceda afuera. Con ello, la vida privada, no entendida como actividad productiva sino en tanto vida domŽstica (lo domŽstico no es sin—nimo de lo privado), aparece como el lugar natural de la integraci—n s’quica y moral del hombre: all’ se dan la solidaridad, el amor y el respeto mutuo. En la urbe, en cambio, se da la indiferencia, las relaciones utilitarias y la violencia, moral o f’sica. Bachelard, influido (probablemente sin saberlo) por la noci—n de urbe, ve la imagen de la felicidad y de la virtud no en la ciudad, sino en la vivienda familiar, rural o urbana, pero en todo caso sin integraci—n arquitect—nica con otras viviendas, con la ciudad o con la urbe, ya se la entienda como ente moral o espacial. En ese sentido, el "fallo" de la poŽtica del espacio bachelardiana es no concebir la posibilidad, ni siquiera como pura imagen, de un espacio pœblico feliz, donde los v’nculos que permiten la felicidad y la plena realizaci—n moral sobrepasan la esfera domŽstica para alcanzar la esfera de lo pœblico y del espacio generado por multitud de viviendas, servicios y lugar de circulaci—n y esparcimiento propios de una ciudad .

 

Bachelard s—lo concibe la imagen del espacio feliz en la vivienda unifamiliar aislada, a pesar de que los versos en los cuales rastrea esta imagen pertenecen a poetas que vivieron en Žpocas de amplio desarrollo de las ciudades. Sus im‡genes de espacio feliz corresponden a una vivienda preferiblemente campestre o con grandes jardines. Ahora bien, imaginar un espacio feliz con jard’n es una forma de integrar la ruralidad a la imagen del espacio urbano, pues es propio de la imagen de lo rural la presencia de grandes espacios verdes y cierto nivel de aislamiento de las viviendas. La casa bacheladiana es indiferente a la urbe, cosa que es f‡cilmente comprensible, teniendo nosotros que lamentar el hecho de que el fil—sofo francŽs no vea la relaci—n natural de la casa y la polis. Por cierto que a nivel de im‡genes espaciales, casa y urbe se oponen, aunque en la realidad subsistan casas en medio de la urbe, sin que por ello se integren en la imagen de un espacio feliz. Ello es comprensible, pues la imagen de casa y la imagen de urbe son incompatibles, del mismo modo que resulta incompatible un lugar de integraci—n de las virtudes humanas respecto de otro que las desintegra. Con todo, queda por explicar en Bachelard dos cosas: que no perciba la compatibilidad de la imagen de polis (en la medida que la polis se opone a la urbe) respecto de la de casa (ambas son adem‡s compatibles en la realidad), y que no estudie la imagen espacio urbano infeliz, poŽtico o no, lo que para nosotros hubiera sido de gran relevancia, pues la imagen de la gran ciudad es hoy, sobre todo, la de un espacio infeliz.

 

En la actualidad, la imagen de la ciudad fortalece su aspecto espacial en detrimento del moral, es m‡s urbe que polis . Con todo, la urbe no renuncia a la ambici—n griega de ser due–a de su destino, pues no renuncia del todo a ser polis. Ahora bien, mientras que en la ciudad moderna la bœsqueda del destino moral produce angustia, en la antigŸedad cl‡sica es fuente de plenitud s’quica y metaf’sica (las que a veces son alcanzadas tras grandes conflictos). La angustia que forma parte de la imagen de ciudad contempor‡nea no proviene tanto del simple hecho de que en ella haya conflictos, sino de que es imposible escapar a los conflictos a pesar de que, adem‡s, su resoluci—n no lleva a una plenitud s’quica, moral o metaf’sica, como suced’a con el conflicto tr‡gico griego. Los conflictos de la urbe no llevan a la cat‡rsis, sino al mero enfrentar un nuevo conflicto. En la imagen de la ciudad contempor‡nea los conflictos son individuales (aunque sus causas sean colectivas) y nunca llegan a ser grandiosos. En la ciudad no se muere heroicamente, sino atropellado como un perro; en la ciudad no se llega tarde porque un daimon interrumpa la marcha, sino porque se pierde horas en un embotellamiento. Los conflictos que forman parte de la imagen de la urbe contempor‡nea no son nunca comunitarios, sino a lo m‡s colectivos, pues no es lo mismo un grupo de personas con identidad unitaria y simpat’a entre sus miembros, que un grupo que se encuentra forzosamente unido por la falta de espacio, como en un ascensor, y que llama a Žste, por su tama–o, urbe.

 

En la imagen de urbe existen medios infinitos pera ser feliz, pero en ella la felicidad permanece siempre inalcanzable. En la imagen de la ciudad moderna se produce una contradicci—n consistente en que los medios tŽcnicos para decidir un destino son m‡s abundantes que nunca (planificadores, estad’sticas, medios econ—micos, etc.), pero las posibilidades de realizarlo son quiz‡s menores que en im‡genes de la ciudad antigua. La dificultad de realizaci—n no proviene de fuerzas externas. La ciudad como lugar de realizaci—n moral no se debilita por enfrentarse a enemigos que quiz‡s quieran destruirla, sino que incluso se fortalece ante ellos, como lo demuestran la estatua de Rodin Los burgueses de Calais, que representa a un grupo de notables que tras una deliberaci—n de los prohombres de la ciudad deciden entregarse para que Calais no sea arrasada por los brit‡nicos; o los efectos de cohesi—n de muchas ciudades inglesas bajo la presi—n de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Es m‡s, el existencialismo, al menos el sartreano, tiene raz—n cuando insinœa que la moral nunca ha sido puesta en peligro por conflictos morales, pues el suelo fŽrtil para la moral es justamente el de la tentaci—n de ser inmoral. En cambio, la imposibilidad en que se encuentra la imagen de la urbe, especialmente la urbe latinoamericana, de realizar su destino, proviene de fuerzas que ella misma ha generado, pero que no se sitœan en un plano moral. En la imagen de ciudad contempor‡nea hay un anhelo de autodeterminaci—n, lo que supone la pr‡ctica de ciertas virtudes pœblicas, pero siendo la urbe el lugar del simple v’nculo externo y espacial, como el que se produce en un ascensor, y siendo adem‡s el lugar de la repetici—n, m‡s que el de la s’ntesis, no puede practicar virtud alguna porque en la relaci—n de repetici—n cada uno se determina en funci—n de los dem‡s, comport‡ndose cada cual como si fuera el otro . Este entregar al otro la responsabilidad de mi destino es una forma de evacuar la moral, del mismo modo que en un ascensor se sale segundo porque otro ha salido primero, no porque alguno de ambos haya elegido salir antes. En el ascensor, como en la ciudad, cada uno de los que suben se deja determinar en su orden de entrada respecto de los dem‡s por la simple relaci—n volumŽtrica. En la imagen de la urbe los ciudadanos descubren su libertad como imposibilidad de autogobierno urbano y como desintegraci—n s’quica, por haber transformado el espacio moral en un espacio de volœmenes. He sabido que para oponerse a esa tendencia Fernando Castillo Velasco comenz— alguna vez sus clases de arquitectura mostrando un ladrillo y preguntando a la sala: "ÀquŽ es esto?". Los alumnos le respondieron: "un ladrillo", "arcilla", "material de construcci—n", etc., hasta que Žl les dijo: "no; est‡n todos equivocados, esto es vida", mostrando as’ el paso de la materia geomŽtrica a la materia humana.

 

Una de las caracter’sticas de la imagen de la ciudad actual, especialmente de la latinoamericana, es que la urbe no gobierna lo que crea. Ahora bien, lo que crea no es diferente a s’ misma y quiz‡s en ello resida el motivo de no poder gobernarlo. La urbe se autogenera y reproduce en unidades idŽnticas por medio de segmentos que carecen de relaci—n, de modo que se les saca y pone como si se tratara de simples volœmenes, a diferencia de los seres vivos, que se reproducen mediante unidades especializadas que contribuyendo todas a un mismo fin, aunque no se lo hayan propuesto . La ciudad es tal vez la instituci—n cultural de la que m‡s masivamente se hace uso, habiŽndose llegado a tal familiaridad con ella que ya nadie se da cuenta de que la organizaci—n de las costumbres en el espacio no es un asunto de volœmenes y de materiales de construcci—n, sino de opciones culturales. Este hecho ha sido olvidado, de ah’ que las ciudades enfermen y queden segregadas de su matriz moral y de su pasado comunitario, los cuales quedan fuera de la imagen de urbe. La urbe de hoy no teme la arbitrariedad de un se–or que quiera someterla, ni ser presa de caciques ind’genas que la incendien, ni de las jacqueries que asolaban algunas ciudades despuŽs de la revoluci—n francesa; la urbe contempor‡nea se teme a s’ misma porque teme un crecimiento que no sabe detener y ya no sabe ser ciudad en tanto polis.

 

Polis y urbe son conceptos contradictorios, los que sin embargo pueden ser comprendidos bajo la noci—n genŽrica de "ciudad". Construida bajo el ideal de aplacar los peligros que asolaban las comunidades aisladas y como instrumento de concentraci—n de poblaciones en Žpocas en que el Estado no encontraba otros medios de controlarlas , la urbe ha trasmitido los peligros de la situaci—n de aislamiento a la situaci—n de aglomeraci—n, s—lo que el origen de las amenazas ya no proviene del exterior. La urbe contempor‡nea ha excluido de s’ misma la virtud, no tanto porque sea "mala", ni porque sea un antro de perversiones, sino porque la virtud no es parte de los componentes esenciales del concepto actual de ciudad, y porque los criterios morales de opci—n por un destino han sido sustituidos por la "tŽcnicas" de planificaci—n, una de cuyas finalidades es evacuar la noci—n de destino. Lo que se llama tŽcnica es en una opci—n ideol—gica caracterizada por la reducci—n de los fines posibles a un peque–o espectro y que tiene, entre otras caracter’sticas, la de hacer creer que la libertad es innecesaria para resolver los problemas fundamentales del hombre y de la ciudad. Ahora bien, no es por eso que un ejŽrcito de planificadores priva a la ciudad de su destino, sino porque a pesar de ellos, a veces por culpa de ellos y otras contra ellos, la urbe se reproduce segœn un concepto carente de las virtudes de la polis y como producto material, como espacio de aglomeraci—n, no como lugar de encuentro o de vida moral. No es porque la tŽcnica haya reducido a uno s—lo los destinos posibles de la ciudad que en ella no hay libertad (ya que tal destino œnico pudo haber sido elegido responsablemente), sino porque un destino œnico se ha impuesto sin ser jam‡s elegido. La posibilidad de un acuerdo de libertades ha desaparecido de la imagen de ciudad sin por ello haber desaparecido la noci—n de libertad, la que subsiste en la imagen de ciudad como irrealizable absoluto, como utop’a.

 

Si en Bachelard la imagen poŽtica de la casa se convierte en un instrumento de an‡lisis del alma humana feliz, integrada y virtuosa, la imagen de ciudad, en especial la latinoamericana, puede ser instrumento de an‡lisis del alma desgraciada, al menos si aceptamos que el hallarse desprovisto de virtud es una desgracia. La novela y el cine (Metr—polis, West Side History, Farenheit 451, Blade Runner) han producido mœltiples im‡genes del espacio infeliz, pero este no equivale en la mayor’a de los casos a la ciudad decadente ni a barrios marginales de la ciudad actual. Sorprende que para representar la urbe en desgracia se haya acudido tanto a im‡genes futuristas de ciudades de pa’ses del norte, siendo que en algunas ocasiones hubiera bastado con representar im‡genes de algunas grandes urbes con componentes latinoamericanos. Muchas de las im‡genes cinematogr‡ficas de la urbe como prototipo del espacio infeliz son im‡genes de ciudades que han extremado el af‡n de ser due–as de su destino mediante tŽcnicas y medios econ—micos con los que se espera evitar los antiguos peligros del aislamiento rural (robos, dificultad de transportes, etc.) o las amenazas provenientes de la naturaleza (fr’o, oscuridad, etc.). La urbe creada en las im‡genes de las pel’culas antes mencionadas o la que ha surgido en algunas capitales latinoamericanas busca evitar el peligro de la ruralidad y de la incertidumbre, pero en su af‡n crea peligros similares a aquellos de los que desea escapar. La creaci—n de esos peligros, que son netamente urbanos, no corresponde a fracasos del modelo de la urbe actual, sino a su modelo de perfecci—n en una corriente que no la concibe como lugar de realizaci—n de virtudes, sino como espacio, como materia y, en especial, como materia funcional e iterable. Su supone entonces que la funcionalidad aumenta por simple construcci—n repetida de algunos de sus componentes en terrenos hasta entonces sin urbanizar.

 

Ya sea que hablemos de la urbe imaginaria o de la real, aunque de ningœn modo ideal, la gran urbe no despierta de modo espont‡neo una imagen de felicidad, ni de virtud ni integraci—n. Es posible que algunos fil—sofos hayan confundido la angustia de la ciudad con una angustia metaf’sica propia de la condici—n humana, de modo que al describir la esencia de la angustia describ’an uno de los componentes de la esencia de la vida urbana. Nos parece v‡lido el postulado existencialista segœn el cual es posible trascender desde el an‡lisis de cualquiera de las actitudes humanas a las estructuras esenciales del hombre . Por ello, es posible que analizando la angustia urbana se llegue a describir la estructura esencial de la angustia. Con todo, sigue vigente la pregunta de si una angustia como la descrita por Sartre o Heidegger es una estructura esencial del ser humano en cualquier condici—n o bien una estructura exclusiva del vivir en la urbe.

 

La angustia que genera la ciudad proviene de ofrecer por un lado el sentimiento de que el ser humano es completamente libre en su habitar, habiŽndose desligado de dependencias del mundo rural y de los rigores del clima, y, por otro, de entregarle la libertad como imposibilidad de acuerdo de las voluntades y como ingobernabilidad de la aglomeraci—n. La impotencia no proviene de fuerzas invencibles externas, la impotencia proviene del hecho de que se sabe que la libertad de cada cual es ilimitada y perfectamente aut—noma, raz—n por la cual la aglomeraci—n es ingobernable. La fuerza interna constituida por la libertad de cada cual sin acuerdo con las dem‡s libertades se convierte en una fuerza externa ingobernable para los dem‡s.

 

Analizada filos—ficamente y teniendo presente el modelo de la ciudad aristotŽlica, en la imagen de ciudad (en cuanto es urbe) se permanece metaf’sicamente libre, pero humanamente preso, y preso justamente porque en ella se manifiesta m‡s que en otros espacios la condici—n libre del hombre como posibilidad que ya no se puede realizar. Si la ciudad y sus miembros carecen de destino, no es porque se les lleve inexorablemente hacia un destino determinado, sino porque siendo libres para elegirlo e incluso para realizarlo, se permanece en ella en un situaci—n de desintegraci—n que impide ponerse de acuerdo sobre el destino o al menos hay una situaci—n en la que de hecho no hay acuerdo sobre Žl. En la imagen de la urbe la planificaci—n ha eliminado la incertidumbre relativa a la bœsqueda del destino. En la gran urbe siempre hay luz para saber por d—nde se camina; por eso, en lugar de la incertidumbre que asolaba a los primeros poblados espa–oles en AmŽrica, hoy se sabe con certeza que el destino de algunas grandes urbes americanas es la infelicidad. El desacuerdo conduce a la totalidad de los ciudadanos a un lugar al que nadie quiere ir, sobre todo porque se ignora en quŽ consiste (aunque se conozca su car‡cter infeliz) y, sin embargo, todos van por ese camino porque la misma libertad que les permitir’a evitarlo, les impide generar el acuerdo para hacerlo. La situaci—n es absurda, no porque el absurdo niegue la libertad, sino porque el absurdo surge sobre el campo de una libertad frustrada por la libertad misma. Las libertades que permitir’an, en principio, conducir la ciudad, se comportan bajo el supuesto de que la ciudad es ingobernable y que por tanto es mejor renunciar a tal gobierno tolerando que cada cual haga en ella lo que quiera. Porque otra de las caracter’sticas de la urbe contempor‡nea es que ella asegura el respeto de la diversidad. La urbe es fruto de un prolongado trabajo de tolerancia en el que se ha aprendido a vivir con personas dis’miles, y en la cual la tolerancia se transforma imperceptiblemente en indiferencia. Al atribuir al espacio domŽstico las virtudes del espacio pœblico, se da por supuesto que en el primero existe una autŽntica realizaci—n moral. Pero una de las diferencias entre el espacio privado y el domŽstico como lugar de realizaci—n moral, es que en el primero cabe la realizaci—n moral en medio de la indiferencia hacia quienes no son miembros del grupo de parentesco, mientras que en la ciudad, entendida como polis, s—lo hay realizaci—n moral y por lo tanto realizaci—n plena de la humanidad cuando se sobrepasa el cuidado por el c’rculo de parentesco hacia el cuidado por comunidad y los asuntos pœblicos. En ese sentido, la afirmaci—n aristotŽlica de que no hay no nobleza en el dar —rdenes domŽsticas , aunque resulte hoy un poco extrema, puede servir de inspiraci—n en la medida que recuerda la importancia que tiene la participaci—n en los asuntos de la polis para la plena realizaci—n del ser humano, as’ como la imposibilidad de alcanzar una realizaci—n plena exclusivamente en el ‡mbito domŽstico y familiar.

 

Una de los componentes de la urbe como imagen del espacio infeliz es que en ella existen espionaje y denuncia en distintos niveles, desde el inofensivo hasta el m‡s grave (recuŽrdese, por ejemplo, la novela El jard’n de al lado, de JosŽ Donoso; El Proceso, de Kafka; o la pel’cula Vista desde la ventana, de Hitchcock y Los Golfos, de Carlos Saura). Pero espionaje y denuncia no forman parte de las virtudes domŽsticas ni tampoco pœblicas de la ciudad. La indiferencia por un lado y el monocultivo de formas y paisajes urbanos por otro, promueven la existencia de esquinas olvidadas f‡cilmente usables como cobijos para aquellos que sobrepasan los l’mites de lo que se considera permitido. ÀEs concebible una polis sin cobijos? Dif’cilmente. En la imagen de la urbe tambiŽn hay lugares donde esconderse, sobre todo haciŽndose uno m‡s entre los dem‡s, pero no hay guaridas construidas con el fin de cobijar; la funcionalidad, la indiferencia y el monocultivo de la urbe excluyen la construcci—n de escondrijos, pero en el cumplimiento de su funcionalidad deja lugares tan muertos, desatendidos o repetitivos que se convierten en escondrijos superando todo esfuerzo planificado por negarlos.

 

Sucede, con la urbe, como con las m‡quinas; hay mecanismos que ya nadie cuida u observa porque nunca fallan. Habiendo infinidad de mecanismos, el fallo de uno pasa desapercibido, tanto m‡s cuanto los dem‡s funcionan y, globalmente, la m‡quina cumple su fin. Donde mejor es posible esconderse en una urbe sin cobijos es en los puntos de m‡xima funcionalidad e indiferencia, ya sea mimetiz‡ndose o simplemente esperando que en un momento falle o caiga en el olvido, porque alguno de los nœcleos de hiperfuncionalidad siempre termina fallando o siendo olvidado. La hiperfuncionalidad, pues, tiene dos caras: por un lado, tiene escasas fallas y es fiable y, por otra, sus fallas son siempre absurdas e impiden el uso de la libertad, sin anularla (embotellamientos porque todos hacen uso de su libertad individual en el espacio hiperfuncional de la v’a r‡pida, pero no se ponen de acuerdo comunitariamente para usarla o preferir v’as alternativas). Cuanto m‡s intenso ha sido el esfuerzo por eliminar los escondrijos para lo imprevisto, m‡s los valoran quienes tienen necesidad de ellos haciendo de esquinas, tœneles, recovecos, estacionamientos, poblaciones de viviendas idŽnticas (en las cuales se niega todo s’ntoma de identidad) y basurales (morales y materiales) lugares privilegiados. En la imagen de la ciudad caben m‡s refugios para lo s—rdido que para lo conspicuo, pues este œltimo se encuentra en ella siempre amenazado, nunca tan protegido como pudiera estarlo en un ambiente rural, aunque all’ no logre los beneficios inherentes a su naturaleza: el hacerse admirar. Los refugios para lo s—rdido, en cambio, se generan espont‡neamente en los espacios disfuncionales a fuerza de funcionalidad, neutros u olvidados por la reiteraci—n indefinida del monocultivo urbano. Ese monocultivo, que tan decididamente intenta doblegar la flexibilidad de las formas m‡s organizadas del habitar cobija lo s—rdido, por una parte, f’sicamente por consecuencia imprevista de la iteraci—n infinita de las formas urbanas, y por otra, lo cobija moralmente por el hecho de que al excluir ciertas formas de ocupar el espacio, las convierte en prohibidas y las hace s—rdidas en relaci—n con patr—n de habitabilidad preestablecido. El vagabundo y el ocupante del espacio sin derechos contractuales son proscritos de la imagen de urbe por la misma voluntad que intenta enaltecerlos asign‡ndoles espacios planificados, contradictorios muchas veces con la naturaleza del ocupante "sin casa" y contradictorios siempre con la naturaleza del vagabundo. La imagen de urbe integra a los proscritos y vagabundos asign‡ndoles lugares funcionales no elegidos por ellos, de los que por cierto Žstos no hacen uso por no destruir su esencia. La esencia del vagabundo es el ejercicio de una libertad inestable y en permanente movimiento. Entre Žsta y las opciones fundamentales mediante las cuales la urbe le asigna espacios fijos e iterables no hay conciliaci—n alguna. Las opciones fundamentales de la urbe se establecen sin que nadie las haya establecido nunca deliberadamente, dot‡ndose de una fuerza pœblica para asegurarse la llegada a ese destino aceptado pero nunca elegido, y del que el vagabundo intentar‡ sustraerse siempre.

 

Ahora bien, si los anteriores no son peligros urbanos mayores, pues ya se les tiene previsto un destino "tŽcnico", s’ lo son las perversiones. La perversi—n m‡s sofisticada encuentra su lugar natural en la urbe, sin que ningœn polic’a ni ley puedan ponerle coto, no porque no existan ni la polic’a ni la ley, sino porque la hiperfuncionalidad de la urbe ofrece escondrijos inimaginables que se sustraen al destino al que la urbe se conduce sola. La perversi—n es uno de los componente esenciales de la urbe como imagen del espacio infeliz. Las perversiones nunca son œnicas en la ciudad; en la imagen de las perversiones que pueden existir en la urbe cada caso singular pone de manifiesto que hay muchos m‡s, sin duda alguna demasiado escondidos para ser detectados, pero con toda seguridad existentes. El perverso nunca es œnico en la urbe, pero siempre est‡ solo, y as’ se ve Žl mismo en la imagen que tiene de la urbe. Sabe que en ella nunca encontrar‡ ayuda, pero en contrapartida a la imposibilidad de generar una banda solidaria, encuentra protecci—n en la indiferencia. La indiferencia urbana es en parte consecuencia de la contracci—n de las virtudes ciudadanas a lo domŽstico. El perverso sabe que encontrar‡ mœltiples formas de connivencia hacia perversiones menores y que las mayores pasar‡n desapercibidas en la indiferencia. Y adem‡s, si se le llegara a descubrir y castigar, encontrar‡ a muchos como Žl en la c‡rcel, cuya forma de vida interna queda fuera de la imagen de la urbe (no as’ su exterior).

 

La urbe es el lugar de la repetici—n; la m‡s grande de las perversiones es por definici—n repetible y extensible a cada uno de los ciudadanos, motivo por el cual cada uno de ellos tiene razones para temer a los dem‡s. Todo es realizable en la ciudad, menos las virtudes pœblicas cl‡sicas, menos una acci—n comœn, menos darle un sentido pol’tico-moral a esa comunidad de fronteras espaciales correspondientes a la imagen del espacio urbano, menos que el perverso pueda mantenerse en situaci—n de singularidad total y ser uno s—lo. ÀPero acaso tenemos el derecho de exigirle a esa urbe la realizaci—n de virtudes que son propias de la polis, es decir de una forma de comunidad que posee rasgos que en muchos aspectos son pol’ticos? No podemos dar una respuesta acabada aqu’, para ellos se requerir’a una revisi—n de la teor’a democr‡tica desde sus fundadores hasta la actualidad. Con todo, cabe la duda de si la unidad moral de la polis griega es realizada hoy en d’a por el Estado nacional, pues m‡s bien parece que al modificarse el tama–o de la comunidad, tambiŽn cambie su esencia, o al menos que algunas de sus virtudes fundamentales desaparezcan. De este modo, la polis griega y toda polis que conserve una tama–o peque–o no s—lo es pol’tica, sino que es pol’tica de una forma en que no pueden llegar a ser ni el Estado ni la gran ciudad modernas.

 

Bachelard, al tratar la imagen del espacio feliz, recuerda que el invierno refuerza la felicidad de habitar ciertas casas. Las casas que resisten los temporales, por ejemplo, contribuyen a constituir la imagen de fortaleza moral de su due–o . Sin embargo, es de destacar que en la imagen de la urbe no aparecen fen—menos morales ligados a la metereolog’a. La urbe, m‡s que hecha para resistir temporales, ha sido constru’da para negar su existencia y efecto, para que no se sepa de ellos. Si la vivienda que resiste el temporal hace del invierno una estaci—n feliz, se debe a que previamente existe la situaci—n de intimidad protegida, que el rigor clim‡tico hace m‡s intensa. En la urbe, en cambio, los hombres nunca son medidos por los elementos, los que s—lo aparecen, como ladrones, para hacer que existan desgracias , en las cuales el concepto de medici—n moral se esfuma para dar lugar a la fatalidad propia de la ausencia de destino. Esta fatalidad refuerza el sentido de impotencia con que se experimenta la libertad de cada uno de los ciudadanos. Los meteoros y sus efectos quedan as’ pr‡cticamente fuera de la imagen de la gran urbe; en la imagen de la gran urbe nunca hay meteoros porque no hay imagen de urbe sin una suerte de microclima que distancia al ser humano de la metereolog’a.

 

Designaci—n de los espacios de cobijo como resultado marginal o incluso como fracaso de las pol’ticas de planificaci—n, protecci—n e iteraci—n de lo perverso, que siempre puede aparecer en la esquina m‡s cercana y, sobre todo, el descubrimiento de la libertad como imposibilidad de darle un destino a la urbe, son constitutivos esenciales de la imagen de ciudad como espacio infeliz. Este œltimo hecho obliga a hacer de la angustia uno de los componentes caracter’sticos de la imagen del espacio infeliz al que se llama urbe, al mismo tiempo que permite caracterizar un tipo especial de angustia y que designamos como angustia urbana. Por ello, nos parece que toda descripci—n eidŽtica de la imagen de la urbe debiera incluir una imagen de angustia, diferente quiz‡s de otras formas de angustia, pero tal vez suelo ignorado de las descripciones de angustia hecha por la filosof’a existencial. ÀSignifica eso que la imagen de ciudad tenga que ser una imagen de espacio infeliz? No necesariamente. La recuperaci—n de la filosof’a cl‡sica por algunos fil—sofos contempor‡neos y la constituci—n de im‡genes del espacio como comunidad, permiten revalorizar la ciudad frente la urbe y fundar en aquella la imagen de esta.

 

Hay que insistir en que el espacio de la ciudad como comunidad es hoy una "simple imagen" de algo pasado, m‡s fruto de una especie de arqueolog’a urbano-imaginaria que una realidad vivida, como lo fue en la antigŸedad cl‡sica, al menos por aquŽl segmento de poblaci—n que no era ni esclavo ni extranjero. La filosof’a es s—lo una de las disciplinas constituyentes de la imagen de ciudad y hay que reconocer que otros creadores de imagen, como el cine y la literatura, muchas veces han contribuido a recrearla como imagen del espacio infeliz. Con todo, no atribuyamos a los creadores profesionales de im‡genes el hecho de que la urbe sea uno de los arquetipos de la imagen del espacio infeliz. Si la imagen de urbe se ha poblado de pesar, es porque muchos de sus habitantes se la representan de ese modo, de forma que la ciudad vive en ellos con esas caracter’sticas. Por eso mismo hay que rescatar la poŽtica del espacio de Bachelard, pues, como dec’a Žl, la funci—n irreal de la imagen feliz viene a seducir, inquietar o despertar aquello que ya es, pero no en el sentido de la cat‡strofe, sino justamente en el de la felicidad. No ser’a posible ni siquiera concebir la idea de espacio infeliz si no se tuviera la contraparte l—gica constituida por la imagen del espacio feliz provista por una filosof’a de inspiraci—n aristotŽlica, la literatura y los an‡lisis de Bachelard. Para que el espacio infeliz sea pensable y nombrable como tal, es necesario concebir aquello que lo niega, de lo contrario aparecer’a como simple espacio. Corresponde entonces a alguien que venga despuŽs de nosotros, que hemos esbozado la imagen del espacio infeliz, detectar quŽ aspectos la imagen de la urbe pueden ser comprendidos bajo el modelo de la polis, buscando sus elementos esenciales de felicidad y realizando aquello que Bachelard no vislumbr—: la integraci—n de la imagen del espacio domŽstico feliz con el espacio comœn, colectivo y libres.

 

 

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