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Hernán Neira

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Hernán Neira

Ene16

Una visita anhelada

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¡Nuevo cuento -en la web- cuento nuevo!

Una visita anhelada

Publicado por primera vez en

Revista Ecos de España y Latinoamérica, mayo 2008, Alemania

© HN y Spotlight Verlag

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Autorización de reproducción: solicitarla a Contacto

 

Estaba nerviosa, me temblaba el pulso, mi corazón latía de prisa y tenía las manos frías. Eran las once de la noche y todo acababa de ocurrir. Me senté y respiré hondo. Afuera no se oía ni los ruidos del amanecer. En mis adentros me dije:

- Por fortuna fui firme; por fortuna se fue; por fortuna estoy sola.

Si hubiera tenido que decirlo en voz alta, no me hubiera salido el aliento.

El dormitorio, todavía desordenado, tenía muestras claras de lo que había sucedido. También el comedor: en la mesa había dos platos, dos copas y dos de todo. Hasta podía saber lo que habían cenado aquella mujer y mi marido. Apenas la vi cuando salió corriendo en medio del griterío, de los insultos, los míos y los de ella.

No podía permanecer allí y fui a la otra pieza, a la que iba a ocupar el bebé. Miré sus paredes blancas, las que íbamos a pintar en cuanto tuviéramos la confirmación, pasé la mano por los muros y salí todavía más triste de lo que había entrado. Caminé hacia el pasillo hasta llegar al escritorio: allí estaban los libros de mi marido, y arriba, cada vez más difíciles de alcanzar, mis Emily Brontë, mis Virginia Woolf, mis Simone de Beauvoir. Entonces me di cuenta de cómo mi espacio había ido disminuyendo en los anaqueles, de lo difícil que se me había vuelto ser yo misma, de lo culpable que me había sentido por no poder engendrar un hijo, por no ser como todas las mujeres.

No podían seguir las concesiones para compensar lo que yo misma había llegado a considerar mi defecto, todo tenía que tener un fin: lo que acababa de suceder jamás se lo podría aceptar. Solemne, suave y segura le dije a mi marido:

- Déjame sola.

No intentó dar explicaciones, caminó con paso tranquilo y salió del apartamento. En mi tristeza quedé satisfecha, pero también angustiada. Había dicho y hecho exactamente lo que debía, pero no faltaban ni doce horas para el último trámite: la visita que nos iban a hacer, en nuestra calidad dematrimonio que quiere adoptar un niño, en nuestra propia casa, la sicóloga y la asistente social del Servicio Nacional de Menores. Se me hizo un nudo en la garganta y me sentí incapaz de pensar.

Necesitaba reposo, no había dormido, y ya ni siquiera podía acostarme en mi propia cama, en mi propia habitación. De momento, no podía hacer nada. Me tomé un diazepán, le di dos vueltas a la cerradura, me dirigí al escritorio común, llevé unos cojines del sofá, busqué una almohada en el armario, improvisé una cama en la alfombra, me saqué los zapatos, el suéter y me solté el sostén: estaba demasiado cansada para sacármelo. Me acosté, apoyé la cabeza y allí, contemplando mis libros en lo alto, lentamente me dejé vencer por el calmante.

 

Al día siguiente, sobre la una de la tarde, sonó el timbre y me desperté.

- Seguro que es él -me dije. Me molestó que mi marido no tuviera vergüenza, que no hubiera aguantado afuera ni un día, que regresara tan pronto y siguiera insistiendo: ¿no le había bastado con la escena de la madrugada cuando lo pillé con otra mujer, no podía esperar?

Estaba quebrada y era lo último que hubiera deseado hacer, pero la adopción estaba en juego y no tenía más remedio que abrirle. Me dirigí hacia la puerta sin hacer ruido, para que no se diera cuenta de que me acercaba. Mientras tanto, mi cabeza se ahogaba en interrogantes: ¿cuántas veces se habrían visto él y ella, desde cuándo?

Una suma de coincidencias habían hecho posible mi descubrimiento;por fortuna, supongo, porque las verdades hay que conocerlas, aunque duelan. Me había ido el lunes por la mañana a Valdivia y había previsto volver a Santiago el miércoles. Una arquitecta amiga quería que le ayudara con un proyecto. El croquis, la orientación y la ubicación eran buenas, mejor dicho, excelentes. El senador Valdés se iba a hacer una casa en Valdivia, en un terreno al que sólo se llega en lancha, al lado mismo de la ciudad. Un bonito trabajo… que ahora no me importaba en lo más mínimo.

En Valdivia, decidí regresar el martes por la noche, y no el miércoles por la mañana, justamente para estar más relajada y pasar exitosamente el último trámite de la adopción. Me apresuré para concluir el trabajo y corrí para alcanzar el vuelo de la tarde. Llegué a último momento, pero me subí al avión. Mi celular estaba sin pilas, y no llamé a mi esposo. Ya era de noche cuando llegué al departamento. Metí la llave en la chapa, la giré y abrí… ¡El muy desgraciado de mi marido! ¡Y ahora qué manera de insistir!

–¡Eres una mieeeerda!– le grite al oír el timbre una vez más, con una rabia que jamás creí que podría sentir. Entonces, me acordé de lo que nos habían preguntado en el Servicio Nacional de Menores: que cuándo nos habíamos conocido, cómo, en qué trabajábamos, qué hacíamos los fines de semana, cuáles eran nuestras aficiones, por qué queríamos adoptar, qué opinaban nuestras familias: todo. ¡Y pensar que parecíamos tan unidos, que nos había ido tan bien, que estábamos entre los primeros en la lista de adopciones y que mi infertilidad nos había favorecido tanto!

En el vestíbulo, mientras afuera seguía sonando el timbre, las imágenes de la noche anterior se precipitaron como una cascada en mi cerebro, como si las arrastrara el agua y me aplastaran con su peso y velocidad. Una pesadumbre mucho más intensa que la de la víspera se apoderó de mí: me costaba tenerme en pie, me faltaban fuerzas. No pude contenerme, me puse a llorar, en cuclillas, con los ojos cerrados. Sentí que mi vida había perdido sentido, que lo mismo daba abrir o no abrir y, sin pensar en las consecuencias, le grité:

–¿No te basta con lo de ayer? ¡No me tortures! ¡Quiero estar sola, no insistas, no vuelvas nunca, por favor, no vuelvas, nunca!–

Afuera no respondió nadie y el timbre dejó de sonar. El silencio me desesperó todavía más. Me sentía humillada. La cascada de imágenes se había convertido en la viva impresión de que desde arriba alguien me estaba dando palos. Lo sentía como un castigo injusto, nada le había hecho a mi marido, ni a nadie, para recibir ese trato. Hundí la cara entre las rodillas y me cubrí la cabeza con las manos, con el deseo de que viniera un hada y transformara, mágicamente, los golpes en caricias, y que me dijera que despertara, que todo había sido una pesadilla. Al final, ni siquiera me podía tener en cuclillas y, sin dejar de protegerme la cabeza, caí al suelo y me quedé ovillada al pie del umbral, en una esquina, como hacen los insectos domésticos cuando se les va a matar. Durante un largo rato, tal vez horas, me sentí muerta.

 

Poco a poco la angustia fue cediendo. Entonces, ya por la tarde, el timbre volvió a sonar, pero esta vez fue más corto; no era mi marido. Oí una voz en el exterior. Yo seguía en el suelo. Me arrastré hasta el umbral y puse el oído en la madera: se escuchaba a una mujer, pero no se oía a su interlocutor. Por un momento temí que fuera ella, la amante de mi esposo, pero la conversación parecía formal. Sentí vergüenza; tal vez alguna vecina había escuchado mis gritos y venía con el conserje a ver qué pasaba. La vergüenza y la curiosidad me fueron haciendo recobrar las fuerzas, me apoyé en el picaporte y me levanté hasta alcanzar el ojo mágico. No había mucha luz en el pasillo, pero era posible distinguir a una mujer que me parecía haber visto antes.

Miré la hora: las cuatro y media. Me di cuenta de que me había dormido y al mismo tiempo recordé de dónde la conocía: del Servicio Nacional del Menores. Se me deben haber dilatado las venas y las pupilas, porque sentí calor y tuve claridad total sobre una cosa, una sola, porque el resto era confusión: aún quería adoptar.

Dejé de ser una muerta, me recompuse como pude y abrí:

- ¿Se siente bien? –preguntó una de las funcionarias al verme.

- Disculpe. Tuve una jaqueca, pero ya estoy bien.

Hubo un instante de incertidumbre en el que ni ella ni yo supimos qué hacer. Sentía como si me hubiera pasado una aplanadora por encima, pero dejarla ir hubiera sido muy mala señal. Al final, me sobrepuse y agregué:

- Adelante, adelante, conozcan el departamento.

Ignoro quién y a qué hora había tocado el timbre las primeras veces. Ahora que ha pasado el tiempo, he llegado a la convicción de que no fue mi marido, e ignoro también si él habría estado esperando abajo a las funcionarias del Servicio para subir justo después, ya que no habían pasado cinco minutos desde que ellas entraron cuando él golpeó a la puerta. Abrí mecánicamente, sin pensar que pudiera ser mi esposo. Fue más que una sorpresa, pero también me sentí aliviada.

- ¿Llegaron? –preguntó suavemente.

Lo miré con el rostro más grave y escudriñador con que haya mirado a alguien en mi vida. Hubo un silencio durante el que seguí sin quitarle la vista.

–¿Me dejas pasar?– agregó mi esposo, humilde.

La verdad es que nunca le respondí, pero tuve una sangre fría que jamás había tenido. No era el momento de discutir. Para lograr mi objetivo, era necesario mantener la ficción del matrimonio feliz. Me di media vuelta y regresé sin cerrar. Mientras iba por el pasillo, pude oír sus pasos detrás de mí.

Me siguió el juego. Tuvimos la entrevista con las funcionarias, que no se dieron cuenta de nada. Después, a él le dije que lo perdonaba.

Pero no. Tras la adopción, inicié los trámites de divorcio y obtuve la custodia.

 

 

 

 
Abr03

Mortaja de zinc (El ingeniero)

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Mortaja de zinc (El ingenierio)

Publicado en Cuentos contables, libro que reunió a los 15 escritores finalistas y al ganador del Premio Banco de Santiago, 2000

Editorial Alfaguara, Santiago de Chile, 2001. ISBN: 956239135-3

© HN y Alfaguara. Autorización de reproducción: solicitarla a Contacto

En homenaje a Enrique Kirberg, ex rector de la Universidad de Santiago de Chile

 

El ingeniero confirmó las cifras que le acababa de dar y con un gesto dio a entender que estaba bien, que la desviación del trazado era correcta. La tarde anterior los hombres, que cavaban con palas, picas y chuzos, habían dado con una roca inesperada y no habían podido seguir haciendo los hoyos donde se debía colocar los postes, hermosos postes de alerce rojizo y estriado. En Santiago y en otras ciudades bastaba con hundirlos metro y medio para que resistieran los terremotos, las sacudidas, las inclemencias meteorológicas y el peso de los cables. En la isla, en cambio, el ingeniero había insistido en que debían quedar al menos dos metros bajo el nivel del suelo porque el viento era incluso más fuerte que en Tierra del Fuego. El celo profesional del ingeniero no fue bien recibido por los trabajadores y hubo quejas, tantas que decidió revisar las medidas. Sin decir nada se alejó de las obras, se refugió en el galpón donde se guardaban los materiales, rehizo los cálculos y regresó diciéndonos que los dos metros eran correctos porque en la parte superior el viento producía un empuje lateral (esa fue la palabra técnica que utilizó) que podía llegar a varios cientos de kilos, lo que requería una larga base bajo tierra para ser contrarrestado.

        Nadie dudó de que sus cálculos de aerodinámica y mecánica de suelos estuviesen bien hechos, pero a nadie importaba tampoco la exactitud de ellos. Es más, muchos ya lo habían dicho: que lo mejor era falsear deliberadamente las cifras para disminuir las exigencias del trabajo y para que, cuando recobraran la libertad, los postes se vinieran abajo por efecto del clima. Mal que mal, ¿cómo iban a estar poniéndole los postes derechos a los de la Armada siendo que ellos mismos los mantenían presos?

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