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Defensa de la filosofía

En el contexto del anuncio del Ministerio de Educación de eliminar la filosofía de la enseñanza secundaria, una carta sarcástica y pública enviada a la Ministra, en el diario La Tercera, 31 de agosto 2016:

Obedecer y producir. Buenas razones para eliminar la filosofía

neira - Inicio
Thursday, 02 June 2016 08:23

El naufragio de la luz (extracto)

Written by

Hernán Neira

Primera parte del cuento finalista del Premio Juan Rulfo, París, 1990 y publicado en la colección de cuentos A golpes de hacha y fuego, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1995. Este cuento se convirtió en el primer capítulo de la novela El naufragio de la luz, que en 2003 recibió el premio Las Dos Orillas de Novela, dado por cinco editoriales europeas. La novela fue publicada en España por Ediciones B, Portugal,, Grecia,, Francia e Italia.

La novela El naufragio de la luz da un vuelco a la conclusión del cuento, introduciendo un tono íntimo, casi lírico, en la que el personaje principal cuenta cómo conoció a Mareika y cómo se formó la isla.

Información sobre la novela y el autor: www.neira.cl

 Ameland (El naufragio de la luz)

Extracto

    Recuerdo que era niño, muy niño, cuando me llamó mi padre y me dijo:

    - ¡Si te embarcas te corto una pierna!

    Su voz era clara y grave, y yo, que no le llegaba a la cintura, tuve miedo.

    Luchó para conseguirme un puesto en tierra y para trasmitirme el odio que le tenía él al mar, el mismo que le tenían al océano sus hermanos y toda su familia, pescadores porque en los campos ya no había qué comer. Me prohibió navegar y, cuando hablaba de pesca, sólo contaba tormentas, ahogos, granizos, huesos adoloridos y manos congeladas por un oficio que apenas permitía subsistir. Muchas veces, cuando la familia se reunía en torno al fogón, le oía repetir las más terribles amenazas.

    No, no fui pescador ni tampoco campesino. Se produjo un hecho que vino en ayuda de mi padre, aunque jamás sabré si en la mía. El gobierno dictó una ley: enseñanza gratuita y obligatoria para todos. Meses después, el mismo día que me iba a embarcar por primera vez para contribuir a alimentar a mi familia, vino un policía, me sacó a tirones de un bote y me llevó a la escuela. Mi padre guardó un silencio severo y mi madre lloraba, pero comprendieron que por primera vez alguien en la familia escaparía al destino del mar, es decir al del hambre. Ni mi padre ni mi madre sabían lo que era la escuela, nunca se habían sentado en un pupitre. Me sentía extraño. Era el único de los niños de la bahía que había dejado la pesca; los demás, con la complicidad de sus padres, se habían escondido en cuanto aparecieron los policías. No sé lo que me enseñó la escuela, sólo sé que mi padre me azotaba para que aprendiera a leer, a sumar y a restar. A veces, cuando se enfurecía, volvía esgrimir las amenazas de antaño, no para impedir embarques, sino para que estudiara:

    - Cuidado, soy capaz de romperte los huesos -dijo una vez que olvidé hacer las tareas.

    Pasé esos años, dos o tres, sin comprender con qué finalidad debía oír al maestro; en mi medio no conocíamos a nadie que hubiera ido a la escuela y me sirviera de ejemplo. Esas eran cosas de la capital o del puerto y yo nunca había salido de una bahía lejana y perdida. A una edad en que los jóvenes dominaban redes, cabos y embarcaciones, a una edad en que ya se sentaban al caño y gobernaban las naves bajo la mirada de sus padres, había aprendido a leer, pero me mareaba de sólo subir a un velero.

    Mi padre murió. Mis tíos hablaron con mi madre y tomaron la decisión por mí: no podía seguir en la escuela, tenía que aprender un oficio y ganar sin demora mi propio sustento. Un día el sacristán me mandó llamar. Las sotanas y las iglesias me daban miedo. Traté de huir, pero fue inútil. Mi madre, que no había faltado en toda su vida a una misa, me agarró de un brazo y me llevó a la iglesia. Algo se dijeron que no recuerdo. A los pocos días me sacó al camino, me dio un abrazo de despedida, echó unos cuantos lagrimones, me besó y me encaramó en la carreta que periódicamente pasaba por la bahía. Un hombre me sujetó desde arriba, ella me volvió a besar y partí.

    - ¡Arre! -dijo el conductor a los caballos, que salieron al trote.

     Desde mi asiento, sin comprender a dónde me llevaban, me quedé mirando fijo a mi madre, haciéndose cada vez más pequeña. Me puse a llorar, pero pronto atravesamos una colina, dejamos atrás la bahía y me entretuve con un paisaje por completo distinto del que conocía y que contemplaba por primera vez. Debía tener diez u once años, no estoy seguro, jamás he tenido certificado de nacimiento. Me instalaron en un internado religioso donde aprendí algo de talabartería y desde entonces sólo vi a mi familia durante el verano. De esa época no tengo otros recuerdos, todos se borran hasta un día en que me separaron de mis compañeros:

    - Pareces listo, irás a la escuela del mar ‑-dijeron.

    Temí que me hicieran pescador, pero fue muy distinto. No aprendí ni a deslizarme en las olas ni a lanzar redes, en cambio aprendí a limpiar cristales y espejos, a recortar la mecha, a mezclar bien los aceites y a interpretar las señales de socorro. No sería pescador, me habían hecho guardafaros. Veranos más tarde, cuando terminaron los cursos, un sorteo quiso que me destinaran a Ameland.

    Todos eludían ese destino; Ameland, a unas cien leguas del continente, era, y todavía lo es, una isla rodeada de bajos fondos donde no se cuenta el tiempo por años sino por mareas. En el continente todos saben cuánto duran sus ciclos, pero allí, en medio del mar, unos dicen que meses, otros que años, y hay quienes afirman que suben o bajan ignorando toda regularidad. Fría, ventisca, plana, inhóspita, gris, brumosa y de difícil acceso, no era sólo agua lo que la rodeaba, sino bajos fondos de arena y, más lejos, un anillo de escollos rocosas que ninguna carta había podido fijar. Las olas los cubrían y descubrían sin dar tiempo ni a pasar por ellos ni a tirar las sondas. Ninguna embarcación de calado, ni siquiera con orza retráctil, podía acercarse. La arena hacía imposible construir muelles, no había más remedio cada vez que se iba de pesca que tirar los bous con un remolque al que se enganchaban caballos hasta que fuera posible navegar. Ninguna embarcación de calado, ni siquiera con quilla retráctil, podía acercarse. La arena hacía imposible construir muelles, no había más remedio cada vez que se iba de pesca que tirar los bous con un remolque al que se enganchaban caballos hasta que fuera posible navegar.

    Algunos, los más pesimistas, contaban que había fosas y que de golpe, en medio de una pendiente apenas inclinada, un remolino podía crear cavidades de las que hombres y caballos, si caían, jamás podían salir. Cada retorno o cada salida se realizaba con mil precauciones, todos pisaban dos veces antes de decidir apoyarse en el fondo. En esos momentos el nerviosismo era general. Tanto se cuidaba a animales y barcos que en la isla valía más un caballo o un velero que un hombre. Los animales parecían sagrados; el frío y la inhospitalidad de la isla, más la escasez de pasto, hacían difícil satisfacer las necesidades de una yegua al parir. Con los bous existía la misma veneración; Ameland carecía de árboles y para construir la más pequeña de las naves debían encargar las tablas al continente con una o tal vez muchas mareas de anticipación.

    Regresar era más difícil que partir. Con la quilla arriba, los barcos derivaban a merced del viento o de corrientes y, a veces, ni los más viejos pilotos podían mantener la ruta. Las naves, cargadas con pesca, bajaban algunos centímetros su nivel de flotación. En playas tan largas, hundirse apenas bajo la línea hacía tocar el fondo centenas de metros lejos de la costa. Los bous, como ballenas que hubiesen varado, arrastraban difícilmente el casco, muchas veces las maderas crujían y parecía que todo iba a saltar. Los bajos, móviles, impedían atenerse a una ruta fija o seguir un alineamiento en relación a Ameland. Rara vez la arena permanecía en el mismo sitio y a diario se producían cambios, medio o a lo más un metro, pero obligaban a acercarse a tientas como si fuera siempre la primera vez.

    Inabordable desde el continente, la isla tampoco lo era por alta mar. Las corrientes eran demasiado violentas, apenas podían con ellas los clípers o los gigantes de cuatro o cinco mástiles cuyas quillas, de varios metros, impedían acercarse a las inmensas, a las infinitas playas de Ameland. Tantas eran las dificultades para llegar a ella y tan poco interés ofrecía que el continente y la isla, a fuerza de ignorarse, vivían como si más allá del mar no existiese tierra ni hombres. Pero un día, cada cierto tiempo, la marea subía mucho más que de costumbre, al punto que una nave pequeña, ligera y con quilla retráctil como los bous del continente, podía, a pesar de los azares de la navegación, ir y, sobre todo, volver.

    Me embarqué un día de marea alta para tomar mi puesto en Ameland. A medida que nos aproximábamos el piloto levantaba, con una polea atada a medio mástil, una quilla pivotante que le permitía avanzar por la playa de escasa profundidad.

    - Te pudrirás. Mírame, mira lo viejo que soy. Conozco bien la isla, participé en la construcción del faro. Cuando llegué era joven, pero cuando partí, mi rostro parecía una pasa y mis cabellos se habían vuelto blancos. Me lo dijeron al volver a tierra, yo no me había dado cuenta. Desde entonces nunca he dejado de venir, no sé por qué me envían siempre a mí cuando se trata de alimentar la torre de aceites y mechas. Durante años no he visto nada bueno; no me extraña que el anterior guardafaros quisiera irse. Cuando lo traje era como tú, los jóvenes son todos iguales, y después, bueno… Me lo llevé de vuelta en caja de tablas. Cayó, según dicen, desde la torre, que desde entonces ha permanecido abandonada. ¿Sabías que para Ameland jamás encuentran voluntarios?

    El piloto apenas había terminado cuando uno de los marinos que lo acompañaban gritó:

    - ¡De prisa, a trabajar, que cambia la marea!

    Bajamos la carga, víveres, maderas, pienso, barriles de aceite y algunos metros de mecha. Los pusimos sobre arrastres, los mismos que se usaban para botar las embarcaciones por la suave pendiente de arena. Los caballos los tiraron a tierra. Cuando terminamos, sin tardanza, volvimos con los animales para desencallar el bou, cuyo casco comenzaba a apoyarse en el fondo. Los obreros subieron a bordo, el piloto izó las velas, que batían con la brisa, y puso rumbo hacia el continente. Me quedé solo y sin moverme. El agua me llegaba hasta los muslos. Sobre el hombro llevaba mis pertenencias, libros con instrucciones para mi trabajo y previsiones para el año próximo. No era gran cosa, pero mis pies se hundían en la arena y me costaba avanzar con el agua hasta la cintura.

    No hubo recepción, nadie vino a saludarme y entré en el faro sin hablar con los isleños. Mi casa, de cemento, piedra y ladrillo, era la única que se levantaba sobre la superficie; las demás, mezcla de barro, arena y pieles, no tenían muros, eran como bohíos bajo túmulos, de metro y medio o a lo más dos metros de altura, cubiertos de hierba y musgo para conservar el calor durante los meses de invierno, que eran la mayoría.

    Lo que más temía era la soledad y la ausencia de mujeres. Sin ser parte de un pasado que todos compartían, el aislamiento fue tanto más grande cuanto la isla carecía de colinas y de bosques donde esconderme. Pero pude soportarlo; mi padre, aunque no me enseñara su oficio, me había enseñado la resistencia y el hábito de la soledad propios de los hombres de mar. En la isla reinaba un orden patriarcal. Mujeres había pocas y casi todas, si no casadas, ya tenían marido por un acuerdo tácito entre las familias. Las relaciones eran de riguroso intercambio y la presencia de un extraño lo rompía; mis únicos bienes eran los víveres que compartí con ellos a cambio de pescado. Los varones no tardaron en hacerme ver que debía mantenerme a distancia de las jóvenes: “están ocupadas”, “trabajan”, “no las molestes”, terminó diciéndome alguien en un tono amenazador que comprendí perfectamente aunque apenas comprendiera su idioma.

    Me mantuve lejos, no tenía otro remedio. En ese tiempo me dediqué a contemplar el paisaje desde lo alto de la torre. En el horizonte, gris y húmedo, rara vez vi un barco que no fuera un bou de Ameland. Supongo que los grandes veleros pasarían de noche y que sus fanales, demasiado débiles, me impedían verles del mismo modo que ellos podían ver el faro. Eran como fantasmas a los que servía desde mi puesto sin poder percibirles jamás. Tanto oír de viajes y puertos lejanos, de buques enormes, de cubiertas alfombradas, de salones con baile y de mástiles como cipreses cuando yo, guardafaros e hijo de pescadores, no conocía más que humildes embarcaciones de pesca. Hubo días en los que me abatía el desánimo y en los que dudé de la utilidad del destello que yo mismo encendía.

    Con el pasar del tiempo observé que entre las mujeres había una que se mantenía sola y que daba largos paseos por la playa, alejada de bous y pescadores. Me intrigó su aspecto y la falta de amistad o de camaradería con los habitantes de la isla. Mareika, poco más que adolescente, de carnes generosas, de cabello castaño e hirsuto, pálida, con grandes ojos marrones, gustaba, más que de voluptuosidades, de la meditación y de los grandes silencios. Deliberadamente hice cruzar nuestros paseos, pero al principio me evitaba. Me extrañó no verla sujeta al orden patriarcal de la isla y no sentir presiones para mantenerme también a distancia de Mareika. Pregunté a los isleños quién era esa joven, pero nadie quiso hablarme de ella ni darme explicaciones. Un día, por azar o por la desesperación que provocaba nuestra mutua soledad, logré romper su silencio. Nos encontrábamos en la playa y comencé a seguirla. Mareika apuró el paso, pero yo también. Terminó corriendo cada vez más de prisa, y yo detrás, agotándose ella y agotándome yo. Cuanto más quería escapar, más deseo tenía de alcanzarla, más deseaba a Mareika. Al final me adelanté a sus pasos y la agarré de un brazo. Mareika forcejeaba tratando de liberarse, pero no podía, yo la apretaba con fuerza aunque sin violencia. Tras unos instantes supo por mi mirada que no quería hacerle daño. Ni ella ni yo nos decíamos una palabra, no hubo gritos, insultos ni peticiones de ayuda. De pronto su resistencia cesó, quedándose inmóvil. Nos miramos sin decirnos nada, hizo un ademán de irse y la dejé partir. No fue lejos y se sentó en la arena. Pasaron algunos minutos en los que yo tampoco me atreví a moverme ni a hablar hasta que, algo confundido, me acerqué a ella y le dije:

    - Hola.

    - Hola -respondió con una mezcla de acento continental e isleño.

    Caminamos por la playa, sin hablar, durante un largo rato. A veces se sentaba o mojaba sus pies. Yo la seguía, me sentaba cuando ella lo hacía y me mojaba los pies a su lado. Me dio frío y le dije:

    - Vamos al faro.

    - No.

    - ¿Por…?

    - Ya lo conozco.

    - ¿Cómo?

    - Mi padre era guardafaros. Llegué con él a Ameland cuando era pequeña.

    - Oí que tuvo un accidente, que cayó.

    - Mentira -cortó Mareika.

    - ¿Mentira?

    - Sí. Lo empujaron cuando decidió partir. Nunca le gustó la isla. Era mi única familia y me quedé sola. Un juez del continente habló con Ameland y la isla se hizo cargo de mí.

    - ¿Te gusta la isla?

    - Quiero irme.

    - Vete.

    - No puedo, no me dejan. Tampoco sé navegar ni qué podría hacer en el continente.

    Dos extraños en esa tierra ingrata teníamos que entendernos: Mareika se instaló en mi casa a los pies del faro: dos habitaciones austeras, sin decoración y con escasos muebles. Mareika cambió mucho con nuestra vida en común. Cuando recién llegó a mi casa, no bien se dormía tenía pesadillas en las que se sentía caer. Tan desesperados eran sus gemidos que me desvelaban y, al verla sudando, con convulsiones, la despertaba poquito a poco, hablándole y acariciándola con dulzura. Al volver en sí se apegaba a mi cuerpo y se acurrucaba sumida en la más intensa desazón: entonces era como un bebé tortuga con caparazón trizado o un polluelo que necesitaba protección y calor. Todo ello desapareció, sus períodos de silencio disminuyeron y con el tiempo dejó su obsesión por escapar, que se transformó en un simple deseo de ver el continente del que tanto le había hablado su padre. Seguía queriendo partir, y yo también, pero ya no había premura ni urgencia. Marcharse ya no era un fin, sino un medio para vivir libres, para casarnos, para tener hijos y educarlos. Sin darnos cuenta, cuando hablábamos de la posibilidad de un regreso, comenzábamos a planearlo juntos. Mareika se hizo menos solitaria y menos pensativa, simplemente le gustaba estar conmigo y a mí con ella. Se estableció un acuerdo tácito por el que nuestras ocupaciones eran complementarias; juntos o separados, nuestro trabajo siempre servía a la subsistencia. Nuestra apoyo recíproco estaba ligado a nuestra vida en común y no podíamos imaginar una sin la otra; el amor era inseparable del trabajo destinado a satisfacer las necesidades más elementales.

    Viéndome afincado en la isla y en la compañía estable de Mareika, que los habitantes nunca habían considerado propia de la isla y de sus clanes, desaparecieron los temores de que quisiera robarles una mujer. Un día, uno o dos años después de haber llegado, cuando vivía ya con Mareika, Ameland decidió tratar mínimamente conmigo y vinieron a hablarme. En la isla desconocían las autoridades del continente y no había más jefes que los patriarcas del lugar, entre los cuales uno mandaba más. Aquella tarde lo acompañaban su familia y algunos pescadores, pero, excepto su esposa y sus hijas, no había más mujeres con ellos. Mareika, que conocía mi idioma y el de ellos, hizo de traductora, aunque a veces se la llevaban aparte y le decían cosas que no me trasmitió. No debían ser agradables, su rostro denotaba sorpresa y disgusto, por lo que no le pedí explicaciones y supuse que me traducía lo esencial, evitando que en mí se levantaran suspicacias que hicieran difícil el diálogo. Los isleños no me preguntaron por el faro, ni por Mareika ni tampoco por mi vida en el continente, como si me hubieran despojado del pasado y ya no tuviera más vida que la de la isla. Me sentí extrañado y nada les dije. Hablamos de pesca, de vientos, de las formas de botar los bous y acordamos regularizar las entregas de víveres, que hasta entonces hacíamos de manera esporádica. Desde entonces, peridódicamente, aparecían en la madrugada, con tono amenazador, en las cercanías del faro.

    La vida personal no existía para ellos, todo se resumía en un conjunto de actividades que cada cual desempeñaba con la misma naturalidad que se respira. Mis relaciones con los habitantes mejoraron, sin llegar jamás a la cordialidad. Comenzaron a saludarme al pasar, pero nunca me dejaron intimar con sus familias o entrar en sus casas: la organización de la isla, la vida interior de los bohíos y la historia de Ameland permanecían cerradas para mí.

 

    Tras algunas mareas Mareika y yo quisimos un hijo. Decidimos que lo tendríamos en el continente y que había llegado el momento de partir, de dejar la isla en la que siempre habíamos sido extraños. Como guardafaros podía pedir que me trasladaran a una tierra menos abandonada, ¿no habría, en todas las costas del continente, ni una sóla torre que necesitara de mí? La escuela del mar jamás me negaría el cambio, los años pasados en Ameland contaban, por lo aislado, el doble que en el continente. Ni pescador ni campesino, no me imaginaba con otro oficio y menos aun buscando trabajo en tabernas, herrerías o campos: entonces creía que no otras posibilidades me ofrecía el continente. En cuanto al mar, cualquier pescador se reiría al verme mareado. Era funcionario de la escuela del mar, quería seguir siéndolo y debía esperar una respuesta antes de marcharme. Calculamos la fecha por el desgaste de las provisiones, previmos la marea e hicimos planes. Mareika debía embarcarse primero y llevar una carta con mi petición de traslado a la oficina. También escribí a mi madre; Mareika carecía de familia y se iría donde la mía.

    Nos quedamos esperando. Cada vez con más frecuencia comencé a imaginar el arribo del bou en que partiría Mareika y, poco después, la llegada de mi sustituto para el faro. La idea de partir nos mantenía alegres, sobre todo a Mareika, quien se ponía más ansiosa y eufórica cada día. Me preguntaba por el continente y se quedó absorta cuando le expliqué la existencia de miles de ciudades y gentes, de casas de ladrillo y cemento, de tiendas y del dinero, que tanto le costó comprender. Pasaba el día distraía y absorta pensando en otra vida. ¡Adiós, adiós Ameland! ‑nos decíamos ella y yo sin nostalgia alguna mientras hacíamos planes para nuestra vida futura. De Ameland no me llevaba nada, incluso Mareika era extraña a la isla. En el continente, en cambio, me esperaban meses de salario y un futuro que no pensaba promisorio, pero al menos sin los agobios de una tierra aislada.

    Ameland tenía planes muy distintos para el niño y no tardaron en hacérnoslo saber. Querían que naciera allí y que el parto siguiera las costumbres del lugar. En la isla todo se solucionaba con paños, hierbas y embrujos. La mujer encinta era tomada a cargo por la comunidad y privaban al marido del derecho a verla. Después, durante días, encendían inciensos, hacían libaciones, sacrificios y exorcismos contra demonios terrestres y marinos. Se decían cristianos, pero nadie tenía una Biblia, aquellas regiones no habían visto un sacerdote durante siglos y la única religión que conocían era la inventada por ellos. Yo sabía leer, no creía en supersticiones y, en todo caso, confiaba más en los buenos oficios de mi madre o del médico del continente que en las improvisadas matronas de la isla.

    Las mujeres comenzaron a agobiar a Mareika insistiendo en lo inútil de viajar a tierra. Mareika no sabía cómo defenderse:

    - Que te dejen en paz, no es asunto de ellas ‑-repetía yo.

    Pero no se atrevía o no podía enfrentarlas y siguieron viniendo a casa. Mareika se ponía cada vez más nerviosa, pasando de la euforia al desgano. Comenzó a encerrarse y a no salir más que conmigo, se sentía insegura, amenazada, temiendo no poder embarcarse y que todo fracasara, siendo presa de episodios de angustia cada vez más intensos y frecuentes, como si por momentos estuviera fuera de sí, ante lo que yo nada podía hacer excepto sumar a las dificultades su propio desánimo.

     Un día, sin embargo, apareció el bou continental. Venía con rumbo certero y con sus velas hinchadas, redondas y tensas por el viento. Era temprano, pero ya había amanecido. Mareika y yo nos acabábamos de levantar. Decidí preparar los caballos para arrastrar la carga desde el bou hasta la playa. En el establo me di cuenta de que los pescadores, adelantándose, habían preparado caballos y arrastre antes de que pudiera hacerlo yo. Me sentí confiado y alegre de verles colocando arneses a los animales. En casa, Mareika había preparado el desayuno y lo tomamos sin pérdida de tiempo. Al terminar le ayudé a cargar su equipaje y nos dirigimos al bou que la embarcaría. Desde allí vi a los isleños, mucho más adelante que nosotros, azotando a los caballos para hacerles avanzar. Me extrañó tanta agitación, tirar el arrastre se hacía siempre con calma, con cuidado de no cansar a los animales y con miedo ante las posibles fosas. Se acercaban al bou más de prisa de lo que nunca había visto. Continuaron, llegaron al bou y comenzaron a bajar barriles, mechas, tablas, sal, harina y legumbres, sin esperar a que fuera a ayudarles. Era una tarea que siempre había hecho yo, ¿por qué ahora, sin explicación alguna, la hacían ellos y con tanta prisa? Mareika y yo avanzábamos lentamente, cada vez con más dificultad a medida que nos hundíamos. Teníamos frío, pero apenas nos importaba sabiendo que delante teníamos la embarcación de nuestra libertad ….

Thursday, 14 April 2016 14:55

¿Podemos hablar de "suicidio ambiental?

¿Se puede hablar de suicidio ambiental?

Charla en el marco del

Coloquio Interdisciplinario de filosofía Ambiental

Viernes 6 de mayo, 12:20 hs.

 
Facultad de Humanidades de la Universidad de chile
Av. Capitán Ignacio Carrera Pinto 1025, Ñuñoa

 En el marco de la investigación Fondecyt "La pregunta por la naturaleza del suicidio", dirigido por la Dra. Sandra Baquedano (U de Chile). La filosofía ambiental se vincula con el tema del suicidio porque hay aspectos suicidas en el comportamiento ambiental contemporáneo. Hace unas décadas no había información suficiente para asegurarlo, pero hoy sí.

Con el auspicio de la Universidad de Chile y la Universidad de Santiago de Chile.

Programa completo e información

Monday, 26 October 2015 21:07

Mesa redonda: Los fines del hombre

Congreso de Asociación Chilena de Filosofía

Martes 27 de octubre 2015

Mesa redonda:
LOS FINES DEL HOMBRE

Diana Aurenque (U de Santiago): Nietzsche y el “animal enfermo”: salud y
enfermedad como campo agonístico entre lo humano y lo animal

Sandra Baquedano (UCHILE): Dimensiones agonísticas del especismo

Hernán Neira (U de Santiago): ¿Finaliza lo humano en lo animal?

Museo de la Educación, Chacabuco 365, primer piso. Metro Quinta Normal

Info: http://www.achif.cl/


Coloquio 2015
HUMANOS Y ANIMALES: LOS LIMITES DE LA HUMANIDAD

22 de octubre, 9:30 a 18 hs.
23 de octubre 2015, 9:00 a 14 hs.

Universidad de Santiago de Chile / CENI Sala C
Las Sophoras 119 / Estación Central
Metro Estación Central

10 minutos de caminata dentro del campus desde el Metro a la sede del coloquio

Programa, resúmenes, afiche

Abierto al público

C
ontacto: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.

Organiza:
Grupo de investigación Animales y Humanos: los límites de la humanidad (Fondecyt # 1120730 – Universidad de Santiago de Chile), constituido por:

  • Sandra Baquedano (Universidad de Chile)
  • Juan Manuel Fierro (Universidad de la Frontera)
  • Diana Aurenque (Universidad de Santiago de Chile)
  • Hernán Neira (Universidad de Santiago de Chile, director de la investigación)
Monday, 16 May 2016 15:57

Teatro

Written by
2014
  • Una modesta proposición. Entremés burlesco en un acto. Primera edición en el número especial de 50º aniversario de Revista CONJUNTO, #172 , julio-septiembre, pp. 52-61. Editorial Casa de las Américas. La Habana. ISNN 00105937
Thursday, 02 October 2014 18:05

Noticias 2014 y antes

 

Seguimos explorando a subjetividade e a temporalidade animal

Video accesível pelo internet

Em 2014, o ciclo "Humanos e animais: os limites da humanidade" retorna para abordar alguns aspectos filosóficos do que pode ser chamado de “subjetividade animal”. Sobre este tema, algumas perguntas surgem espontaneamente: quais são as manifestações dessa subjetividade? será que o tempo possui, em alguns animais, a mesma função unificadora do “eu” que certos autores consideram ser central para a individualidade e a subjetividade humana? é possível falar de uma consciência da morte nos animais? caso exista uma subjetividade animal, pode ela ser ligada ao conceito de “autonomia”?

Ciclo de Conferências Humanos e Animais: Os Limites da Humanidade

29 - 30 setembro 2014, 9:30 - 12:30 hs.

Instituto de Estudos Avançados, Universidade de São Paulo

Inscrições pelo e-mail: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.
 


Programação

29/09, das 9:30 às 12:30 horas

  Hernán Neira, Gustavo Andrés Caponi, Eliane Sebeika Rapchan, Lorenzo Baravalle (moderador),

 

30/09, das 9:30 às 12:30 horas

Stelio Marras, Lorenzo Baravalle, Davide Vecchi, Gustavo Andrés Caponi (moderador)

 

Organização

Grupo de Pesquisa Filosofia, História e Sociologia da Ciência e da Tecnologia


Investigación Fondecyt Humanos, sub humanos, animales: los límites de la humanidad -
Universidad de Santiago

 


La editorial de la Universidades Federal do Paraná, en el marco de la Semana Literaria de Curitiba, ha previsto una serie de actividades con motivo de la publicación en Brasil de

Leituras contemporâneas da modernidad

O individuo inquietante

Olhares da a América

Bate-papo (diálogo con el público)

Sala Plenaria, 16 setembre 2014, 18 hs

e as 19 horas

Lançamento e sessão de autógrafos

Plaça Santos Andrade

Entrada libre


En el marco del

PRIMER SIMPOSIO INTERNACIONAL DE SUICIDIOLOGÍA

cuyo tema será: La naturaleza del suicidio: un análisis médico–filosófico
 

Sobrevivir al suicidio

Junto con Jorge Barros (siquiatra)

Sábado 6 de septiembre, 11:15 hs

Hotel Park Plaza. Av. Ricardo Lyon 207 - Providencia - Metro Los Leones


Fruto de una investigación interdisciplinaria que abarca la historia, la filosofía, el cine y el teatro, Hernán Neira presenta El individuo inquietante: bajo el signo de Lope de Aguirre, donde aborda, desde una perspectiva contemporánea, el significado de dicho personaje por medio del que sea quizás el libro más completo que se haya publicado sobre el tema. 

Después de la exitosa publicación de la vesión en portugués (Brasil), ahora en Chile, el original en castellano, publicado por la Fundación Jorge Millas:

Invitación (¡abierta y gratuita!) al lanzamiento de:

El individuo inquietante

Lunes 7 de julio, 19 hs.

Café Literario Parque Bustamente

Calle General Bustamente, altura 50

Metro Baquedano

alt

http://www.achif.cl/presentacion-del-libro-el-individuo-inquietante-o-bajo-el-signo-de-lope-de-aguirre-de-hernan-neira/

 



Ética Animal: ¿es posible establecer vínculos éticos con seres que no conocen los conceptos de bien y mal?

Diálogo y discusión con alumnos de enseñanza secundaria

Viernes 30 de mayo, 10 hrs.

Liceo Nuestra Señora de las Mercedes

calle Tocornal 296, Puente Alto (metro Plaza Puente Alto). 

 

Organiza Filosofía Re-Vuelta (www.facebook.com/filosofiarevuelta)

Auspician:

Fundación Jorge Millas

Asociación Chilena de Filosofía (ACHIF)

Investigación Fondecyt Humanos, sub humanos, animales: los límites de la humanidad


Podemos falar de algum tipo de soberania animal?

8 de abril 2014

9:30 às 11 h

Auditório Maria Montessori (Escola de Educação e Humanidades)

Palestra na Universidade Católica do Paraná 

Curitiba, Brasil

Durante o evento acontecerá o lançamento do livro 

Leituras contemporâneas da modernidade

Realização: Curso de Graduação e Pós-Graduação em Filosofia


Tres nuevos libros publicados en Brasil

Marzo 2014

Durante la última década, Hernán Neira estuvo trabajando sobre dos frentes filosóficos:

Por un lado, una revisión de la globalización que tomara en cuenta el papel de América en ella; y, por otro, una revisión contemporánea y crítica de algunos aspectos fundamentales de la modernidad. Eso dio lugar a numerosos artículos, que fueron publicados individualmente.

La tarea fue desarrollada con financiamiento provisto por Conicyt, con el auspicio de la Universidad de Santiago de Chile y en parte fue realizada gracias al programa de intercambio académico de la Asociación de Universidades del Grupo de Montevideo, del que la Universidad de Santiago y la Universidad .

El fruto de ese trabajo despertó el interés de la Universidad Federal del Paraná, Brasil, que los hizo traducir (por la escritora Luci Collin) y los acaba de publicar. Los textos fueron completamente reelaborados en relación con su publicación en revistas académicas. Pinche abajo para saber más:

Leituras contemporâneas da modernidade

O indivíduo inquietante. Sob o signo de Lope de Aguirre

Olhares sobre a América

Es la primera vez que la obra filosófica del profesor Neira es traducida a otro idioma, aunque previamente la novela El naufragio de la luz (Barcelona, 2014) fue traducida y publicada en Francia, Portugal, Italia y Grecia.

 

 


Nuevo ensayo filosófico

El impenetrable corazón animal: Descartes y Condillac ante los animales.

Revista FILOSOFIA UNISINOS. 14(3):226-241, sep/dec 2013. Brasil. ISI

 

 


 

¿Se puede tener relaciones éticas con seres que no conocen ni el bien ni el mal?

En el marco del

III Congreso de la Asociación Chilena de Filosofía

Valparaíso, Chile

6 de noviembre 2013, 10 45 hs. 

Universidad de Playa Ancha, Valparaíso


Sensibilidad y soberanía animal

 

En el marco del 

 

 XVII CONGRESSO INTERAMERICANO DE FILOSOFIA

 

Salvador de Bahía, Brasil

9 de octubre 2013, 17:35 hs.

Hotel Vila Galé

 

 

 


Baje aquí el programa del coloquio

HUMANOS Y ANIMALES: LOS LIMITES DE LA HUMANIDAD

Programa, ResúmenesAfiche

 
Encuentro de Santiago de Chile: 25 y 26 de septiembre 2013
8:30 a 17:45 hs.

Universidad de Santiago

Citecamp, segundo piso
Av. Libertador Bernardo O'Higgins 3363
 
 
Metro Estación Central
Dirigirse hacia la Casa Central
y caminar por el pasillo al fondo; habrá indicaciones 

Abierto al público y a las preguntas del público

 

Organizados por: 

 Grupo de investigación Animales y Humanos: los límites de la humanidad, (proyecto Fondecyt # 1120730 – Universidad de Santiago de Chile)

y el

 Grupo de Pesquisa em Filosofia, História e Sociologia da Ciência e da Tecnologia, (IEA-USP) – Projeto Temático Fapesp 2011/51614-3 –y


José Ovejero, Premio Alfaguara 2013, en Chile

El autor de "La invención del amor" dialogará con el público

¡Están todos invitados, jueves 25 de julio, 19 hs!

Universidad de Santiago - IDEA
Román Díaz 89 - Providencia - (Metro Manuel Montt)

La novela será presentada por Andrea Jeftanovic y Hernán Neira


Silencio y narración

Ponencia en el marco del congreso

Filosofía y dictadura en Chile. A 40 años del Golpe de Estado

Entrada libre

30 de mayo, 15 hs. Universidad de Santiago de Chile

  Instituto de Estudios Avanzados (IDEA)

Román Díaz 89, Providencia. Metro Manuel Montt. Teléfono 27181360.

 


Lope de Aguirre. Recepción contemporánea: cine, teatro y narrativa

Charla abierta a los alumnos de la Universidad Federal del Paraná, Curitiba

Viernes 3 de abril 2013, 9:30 hs.

Sala 1020. Setor de Ciências Humanas UFPR, 

Rua General Carneiro, 460 - Edifício D. Pedro I - 10° andar. Curitiba

Actividad realizada en el marco del Acuerdo de Universidades del Grupo de Montevideo (AUGM)

Lope de Aguirre ha tenido una importante recepción contemporánea, como lo demuestran el cine (Aguirre, cólera de Dios, de Werner Herzog), el teatro (Enésimo viaje a El Dorado - Compañía de Teatro Guirigai) y la narrativa (Lope de Aguirre, Príncipe de la libertad, de Miguel Otero Silva). ¿Qué nos dice el gran traidor del siglo XVI, pieza clave en la historia de América? ¿Que nos dice a nosotros, hoy, americanos?

 


Mirada animal, mirada humana

Charla abierta para público general

Miércoles 28 de noviembre, 18:30 hs.

Biblioteca de Santiago. Sala de conferencias. Matucana 151 (Metro Matucana o Estación Central)

El el marco del ciclo Filosofía en la Biblioteca

¿Podemos ser mirados por un animal como somos mirados por un ser humano? ¿Cuando nos mira un gato o una gata de sexo opuesto al nuestro, desata esa mirada el pudor y la vergüenza como cuando nos mira un humano?

A partir de estas simples preguntas, algunos filósofos contemporáneos han iniciado una reflexión global sobre los animales y los seres humanos, así como sobre el hecho de que no es posible definir a uno sin definir al otro.

 Fruto de esta reflexión –donde humanos y animales se miran como en un espejo-, surgen consecuencias éticas y políticas. A lo largo de la historia se constata que la escala humano-animal está llena de grados y matices: se animaliza a algunos humanos para explotarlos o esclavizarlos, y se esclaviza a los animales para beneficiarse de ellos. 

¿Es eso legítimo? ¿Hay algo que lo justifique? ¿Sabemos lo que es un ser humano, hoy?

Modera: Giannina Burlando, Pontificia Universidad Católica de Chile

Auspicia Asociación Chilena de Filosofía


 

El debate por la sensación

Condillac y Descartes ante los animales

 

Conferencia
en el marco del

VIII Encuentro de Filosofía e Historia de la Ciencia del Cono Sur

Organizado por la AFHIC

20 de octubre 2012, 12:45 hs.

Congreso Nacional

Santiago de Chile


 


 

HOMEM NATURAL, HOMEM CULTURAL, HOMEM ANIMAL

Conferencia y mesa redonda

en el marco del proyecto

Gênese e significado da tecnociência. Das relações entre ciência, tecnologia e sociedade

30 - 31 de agosto de 2012

Universidad de São Paulo, Brasil

Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas

Actividades de estudio e investigación con los profesores Hernán Neira y Davide Vecchi (Universidad de Santiago). Organizadas y coordinadas por el professor Maurício de Carvalho Ramos y el doctor Lorenzo Baravalle

http://www.scientiaestudia.org.br/pt2007/index.asp
 


 

Mirada animal, mirada humana: los límites de la ética.

Viernes 10 de agosto de 2012. 17:00 hs.

en el marco de la 

 1ª Conferencia de estudios críticos animalistas

Corporación Cultural Carabineros, Antonio Varas 1842 , Providencia, Santiago de Chile.

 


 

El cuerpo como metáfora

Centro Cultural Estación Mapocho

Viernes 29 de junio 2012, a las 19:00 hrs.

 

Hernán Neira, junto con Richard Danta y Sergio Rojas

debatirán sobre el  proyecto artístico latinoamericano

Continuum

Dentro de las prácticas artísticas contemporáneas, los lenguajes conviven y se entrecruzan continuamente, incorporando y resignificando las posibilidades técnicas. Así, Continuum recorre la transversalidad por trabajos de artistas que utilizan dispositivos tecnológicos en el total o en parte de su proceso, proponiendo al cuerpo como hilo conductor de tales experiencias.

En este proyecto, el cuerpo es entendido no sólo como soporte en el cual intervenir, sino también como una interfaz en el relacionamiento con la obra, ya sea a nivel conceptual o físico: cuerpo biológico, cuerpo físico, cuerpo constituido por la conexión de evidencias y omisiones, conjeturas, pensamientos, imágenes, movimientos, informaciones; es decir, también cuerpo social. 

Entrada gratuita

http://www.proyectocontinuum.com/es/participantes/


El regreso del que nunca se fue: los animales en las letras

En el marco de la Semana de las Letras

Departamento de Letras Extranjeras Modernas (DELEM)

Universidad Federal del Paraná, Curitiba

25 de mayo 2011

Anfi 100, 8:30 a 10 hs.

 

Noticias, Conferencias, News

Wednesday, 30 September 2015 20:54

Acceso gratuito / Free Access

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Thursday, 10 September 2015 14:56

Οι Ναυαγοί

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Oi navayoi

Thursday, 18 June 2015 02:01

Una visita anhelada

Una visita anhelada

Publicado por primera vez en Revista Ecos de España y Latinoamérica, mayo 2008, Alemania.

© HN y Spotlight Verlag

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Estaba nerviosa, me temblaba el pulso, mi corazón latía de prisa y tenía las manos frías. Eran las once de la noche y todo acababa de ocurrir. Me senté y respiré hondo. Afuera no se oía ni los ruidos del amanecer. En mis adentros me dije:

- Por fortuna fui firme; por fortuna se fue; por fortuna estoy sola.

Si hubiera tenido que decirlo en voz alta, no me hubiera salido el aliento.

El dormitorio, todavía desordenado, tenía muestras claras de lo que había sucedido. También el comedor: en la mesa había dos platos, dos copas y dos de todo. Hasta podía saber lo que habían cenado aquella mujer y mi marido. Apenas la vi cuando salió corriendo en medio del griterío, de los insultos, los míos y los de ella.

No podía permanecer allí y fui a la otra pieza, a la que iba a ocupar el bebé. Miré sus paredes blancas, las que íbamos a pintar en cuanto tuviéramos la confirmación, pasé la mano por los muros y salí todavía más triste de lo que había entrado. Caminé hacia el pasillo hasta llegar al escritorio: allí estaban los libros de mi marido, y arriba, cada vez más difíciles de alcanzar, mis Emily Brontë, mis Virginia Woolf, mis Simone de Beauvoir. Entonces me di cuenta de cómo mi espacio había ido disminuyendo en los anaqueles, de lo difícil que se me había vuelto ser yo misma, de lo culpable que me había sentido por no poder engendrar un hijo, por no ser como todas las mujeres.

Wednesday, 17 June 2015 13:44

Leituras contemporâneas da modernidade

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É o primeiro de uma série de livros que reunem o mais recente trabalho filosófico de Neira, publicados no Brasil.Os dois outros livros se concentram sobre a história e a cultura americana: O indivíduo inquietante -que trata da rebelião de Lope de Aguirre vista pela historia e pelas artes- e Olhares sobre a América, que relimita os pontos cardeais de recentes debates a identidade e alteridade americana.